1. Eirik y el Secreto de Avalon
El frío de la noche había calado hasta los huesos de Eirik, pero más helada aún era la desolación en su pecho. Aquella oscuridad, la que le había arrebatado no solo el aliento sino también la memoria, le impuso un designio inquebrantable: encontrar a su amada.
—¿Cómo podré
hallar mi camino —me pregunté con una punzada de amargura—, si los
viejos caminos de la mente se han borrado como grabados en la arena? ¿Qué
extraña fuerza ha tejido tales cadenas sobre mi voluntad, permitiendo solo el
eco de un amor, mas no la senda para hallarlo?
Aun con aquellas dudas, la promesa
hecha a su corazón resonaba más fuerte que cualquier impedimento. Con su barco,
fiel compañero de mil mareas, y la sabiduría de los vientos y las estrellas,
Eirik se juró recorrer los vastos dominios de Midgard, y mucho más allá si
fuera preciso. Buscaría la bahía oculta, aquel rincón bendito donde su dama
celestial aguardaba.
Guiado por el único recurso que aún
permanecía intacto dentro de mi cabeza —mi
intuición—, dirigí mi camino, como de costumbre, siguiendo el recorrido del sol
hacia el horizonte y la posición de las estrellas del atardecer, hasta llegar a
aquella barrera de bruma en mitad del mar que se interponía siempre en mi
trayecto de vuelta a casa.
Tras un lapso que se me hizo eterno, finalmente,
divisé la figura de una isla lejana arropada por la niebla. De pronto, una
bandada de alcatraces rasgó el silencio, sobrevolando la estela blanca con un
aleteo rítmico que conocía bien.
Sentí un vuelco en el pecho, un calor
súbito que desafiaba el aire gélido de la cubierta. Mis brazos, aún entumecidos
por el salitre, apretaron el timón con una fuerza recuperada mientras una
sonrisa, casi olvidada, me curvaba los labios. Mi pulso se aceleró; la silueta
de las aves blancas recortando el gris era la señal definitiva que esperaba.
“Por fin he llegado al puerto de mis sueños”, pensé, mientras observaba su
vuelo circular sobre los riscos invisibles. El corazón me latía con una urgencia
jubilosa, como si cada latido quisiera empujar el barco más rápido hacia aquel
abrazo de piedra y penumbra de luz.
En aquel instante, el batir de las
alas desprendió una lluvia de plumas blancas que descendió sobre el oleaje. Me
pareció ver cómo aquellos trazos blancos se demoraban sobre la superficie,
sostenidos por dedos de espuma que emergían desde lo profundo en un patrón
extraño, casi deliberado. Sentí una punzada de certeza; la corazonada de que
aquel rastro no era un capricho del viento, sino el eco de una presencia que ya
me aguardaba al otro lado del velo.
La isla parecía flotar entre los
pliegues del tiempo, mecida por la espuma oscilante del mar. Aquella mole de
piedra, envuelta ahora en una gasa translúcida, se perdía en la distancia como
si se adentrara en la nada. Efluvios de aroma intenso a manzanas maduras se
abrían paso entre los vapores, inundando todo alrededor en un vaivén incesante.
Su superficie revelaba destellos de un verde esmeralda profundo, una
luminiscencia húmeda que se filtraba por canales abiertos en el manto como si
la misma piedra respirara a través de la luz.
El acceso a la mítica Isla de Cristal,
protegida por un velo de alabastro, no era fácil de hallar. “Solo podrá conquistarlo” —en palabras de las Nueve Hadas— “quien sienta un profundo convencimiento y traiga consigo
un noble propósito.” Y hasta allá llegaba
Eirik, impulsado por la certeza de que allí encontraría a su amada, pues el
recuerdo de su aliento, dulce como la pulpa de las manzanas, seguía girando en
espiral entre sus pensamientos.
Franqueó entonces, ya con los pies
firmes sobre la orilla, una entrada alba y diáfana. Avanzó con decisión sobre
la arena plateada, esperando ver de nuevo la grácil figura de su amada envuelta
en un manto de magia, tal como ocurría siempre bajo el hechizo de los últimos
rayos de sol previos a la noche del equinoccio.
Pero, al otro lado, al disiparse las
últimas trazas de hálito acuoso en el aire, solo encontró la soledad del vacío
y el sabor amargo de la nada. En ella se perdieron los ecos de sus propios
pensamientos, emborronados por los aullidos apagados de los lobos en la
lejanía. Y, sin embargo, de pronto, emergía ante sus ojos la imagen del lugar
en todo su esplendor, con un cielo velado en tonos dorados por los rayos de sol
tras las nubes de cristal translúcido.
Tras su largo proceso de ensoñación
consciente, en medio del cual le había parecido oír la voz de su amada entre
susurros pronunciando su nombre, apareció ante él la presencia de una dama de
porte solemne. Ella lo miró fijamente a los ojos, deteniendo el tiempo, y se
dispuso a liberarlo definitivamente de su letargo.
Eirik escudriñó sus rasgos con una urgencia dolorosa. La mujer frente a él poseía una belleza serena, casi mineral; su piel tenía el brillo del alabastro y sus ojos, profundos como lagos de montaña, destilaban una sabiduría milenaria que intimidaría al guerrero más audaz. Llevaba la cabeza erguida sobre un cuello de curva grácil y poderosa, como la de un cisne, y se movía con una cadencia tan fluida que parecía no tocar el suelo, como si sus pies apenas rozaran el rocío. Sin embargo, aquella no era la mujer de su vida. Un frío repentino le recorrió el espinazo al comprender la verdad: aquel rostro no era el que habitaba en sus sueños, ni su presencia desprendía el calor que su corazón ansiaba.

—Bienvenido sois a la Isla de Avalon —le habló la Gran Sacerdotisa, mientras le tendía su mano para que la besase—. Vuestra firmeza de corazón y vuestro noble propósito os han franqueado las puertas de nuestro mundo, oculto e inaccesible para otros.
La mirada de Eirik se perdió un
instante en el horizonte tamizado. Allí, entre los manzanos de veladura dorada,
creyó ver figuras femeninas que recolectaban frutas. Sus movimientos eran los
de las olas al besar la arena, y sus voces, un murmullo lejano, el canto del
mar que acunaba la isla. Un escenario que le era totalmente extraño.
De forma instintiva, busqué el
contacto del metal en mi lóbulo, el ancla invisible que me mantenía unido a mi
mundo y al recuerdo de mi amada. Al rozar la piel desnuda, un vacío gélido me
golpeó el pecho. El pendiente no estaba. En ese instante, una angustia
asfixiante me despojó de toda fuerza; sentí que, al perder aquel objeto, había
extraviado también la esperanza de volver a verla. Me sentí náufrago en una
orilla eterna, un espectro sin rumbo que había quebrado el único hilo que lo
vinculaba a su destino.
Con una mirada franca y una voz que
transmitía una paz profunda y tranquilizadora, la Sacerdotisa leyó con
clarividencia los pensamientos de Eirik y se dispuso a advertirle de lo que
acontecería desde aquel momento en adelante:
—Lamento deciros que os halláis muy lejos del lugar que
anheláis encontrar. Parece que el destino os reserva una larga y extenuante
odisea. Mi alma presiente que Avalon es apenas el primer umbral de cuantos
habréis de cruzar.
Y en aquel instante, la Gran
Sacerdotisa depositó en sus manos un pentáculo sagrado, un prodigio de la
alquimia, compuesto por cinco semillas de manzana. Cada una brillaba con la luz
de un oro inmaculado, una joya que, por su fulgor y pureza, habría sido digna
del cuello de la mismísima diosa Idunn.
—Con ellas deberéis hacer crecer un manzano que
únicamente germinará en aquella tierra donde realmente more vuestra amada —la voz de la Sacerdotisa
le sonó esta vez como si procediera de detrás de los muros de piedra en la
lejanía—. Solo entonces, cuando
germine al menos una de las semillas de manera instantánea, sabréis que os
encontráis en el punto exacto que tanto anheláis hallar.
Eirik cerró la mano sobre el
pentáculo, sintiendo el calor del oro alquímico contra su piel y su pesar
profundo. Inclinó levemente la cabeza en señal de respeto antes de volver a
mirarla.
—Gracias por
este don, señora de la niebla —dijo con voz
firme—. Decidme, ¿hacia dónde debo partir? ¿Cómo hallaré mi senda
en la inmensidad del abismo?
La respuesta no llegó con palabras,
sino a través de un ritual de adivinación que pareció drenar la luz misma del
aire. Tras una entrega de agotadora intensidad, la Gran Sacerdotisa vislumbró
una verdad fragmentada: el rastro de una isla cautiva, un reino que se oculta
tras velos de bruma perenne y el rugido incesante de las mareas. Fue allí, en
el latido de un océano que jamás descansa, donde sus ojos de clarividente
hallaron el reflejo de un objeto perdido. Le reveló que un talismán de tres
puntas aguardaba en las profundidades de aquel abismo, sepultado por el olvido
de las eras, esperando a que una voluntad inquebrantable como la suya lo
reclamase del silencio.
—Debéis partir hacia una tierra que se oculta bajo el
peso de las aguas —reveló ella con voz pausada—. Solo en el corazón de Atlantis hallaréis la Triqueta de Plata,
aquel talismán que habrá de ser vuestra brújula y vuestro escudo. Con él
podréis navegar los caminos del universo en perfecta consonancia entre la
fuerza del cuerpo, la claridad de la mente y la pureza del espíritu.
Permanecerá con vos hasta que encontréis el final del camino.
Una calidez inesperada comenzó a
abrirse paso en mi pecho. Fue un pálpito breve, una chispa de esperanza que
desafiaba a la lógica del abismo; comprendí que, aunque mis manos estuvieran
vacías de recuerdos, ahora portaban una promesa. Aquella luz incipiente no
borró mi pesar, pero me otorgó la fuerza necesaria para alzar la mirada y
aceptar el destino que se abría ante mí.
—Lo único que os resta hacer —instruyó, con voz que portaba el leve eco de una
advertencia— es ceñir el talismán a
vuestro pecho, y en el acto se convertirá en vuestra guía, vuestro fiel
acompañante en este largo peregrinar… —murmuró, su mirada ya ausente, como
si el siguiente velo se descorriera ante sus ojos—. Atlantis, la ciudad sumergida, os espera…
Eirik guardó las semillas de oro en un
bolsillo de su túnica, sintiendo su peso como una brasa constante contra su piel.
Con un último gesto de respeto, se despidió de la Gran Sacerdotisa. Ella
comenzó a alejarse con la misma parsimonia con la que una estela se desliza
sobre un espejo de agua oscura, perdiéndose entre los efluvios de las manzanas
y el vapor de las fuentes hasta que su figura fue solo un recuerdo de blancura
entre la bruma.
Al llegar al límite donde la tierra se fundía
con el mar, Eirik encontró su nave de madera entre la espuma que parecía
aguardar su llegada. Se volvió una última vez: a lo lejos, el canto de las
nueve damas se disolvía en el susurro del viento como un batir de alas blancas
cruzando el firmamento. Una extraña e inexplicable familiaridad le erizó la
piel; en la cadencia de aquellas voces latía el eco lejano de una melodía
dormida, un susurro que no pertenecía a esa isla, sino a noches compartidas en
otro tiempo y en otro lugar, y que le recordaba que, aun partiendo hacia lo
incierto, no viajaba del todo en soledad.
_CRÓNICAS de Mi Historia:
- I. OBERTURA: Me llamo Eirik
- II. EXORDIO: "MYTHOS", Sinfonía de un Alma Errante
- III. RESONANCIA: Mi Historia y el Secreto de las Sombras
- IV. PRELUDIO: Muercimiento de Eirik
- Capítulo 1: Eirik y el Secreto de Avalon
- Capítulo 2: Hallazgo en Atlantis
- Capítulo 3: En las Sombras del Hades
- Capítulo 4: Eirik Viaja al Niflheim
- Capítulo 5: El Aliento Helado de Yule
- Capítulo 6: Regreso a Mabon
- Capítulo 7: Eirik y el Misterio de las Sirenas
- Capítulo 8: El Espejo del Lago de las Sombras
- Capítulo 9: Finale
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