2. Hallazgo en Atlantis

Siguiendo la estela dictada por la Sacerdotisa de Avalon, Eirik puso proa hacia la isla sumergida. Las coordenadas de aquel reino desaparecido latían en su mente con la precisión de un astrolabio; era un conocimiento que la oscuridad no había osado tocar, un mapa grabado en fuego en los rincones de su devastada memoria. Parecía que sus habilidades como vitki habían sobrevivido al naufragio, permitiéndole burlar la ira de Rán, la diosa del mar, cuyas garras de espuma siempre acechan a quienes osan surcar sus dominios. Sus dotes de navegante permanecían como pertrechos indemnes en un barco fantasma, siendo sus únicas armas para dar cumplimiento a la promesa que le ardía en el pecho: hallar, a cualquier precio, el rastro de su amada.

Mi corazón se contraía al comprobar cuán yermo quedaba el paisaje de mi pasado. De aquella noche aterradora solo quedaban jirones de sombras. Durante la travesía, el silencio del océano se volvía cómplice de mi delirio; a cada instante, creía percibir en la distancia el lamento de una dama, un susurro que mi alma, sedienta, confundía con la voz de mi amor. Pero la razón me advertía de que aquello no eran sino ecos náufragos, voces de un pueblo que el tiempo devoró hace centurias, atrapadas ahora en los engranajes invisibles de la Gran Rueda. Quizás fuesen solo las nueve olas hijas de Aegir jugando con mi cordura mientras me arrastraban hacia el abismo.

Poco a poco, el rumor del oleaje empezó a tejer palabras en una lengua extraña, un idioma de sal y olvido que Eirik nunca antes había escuchado. Sin embargo, mediante una alquimia insólita, su mente lograba ensamblar aquellos sonidos, otorgándoles sentido mientras la niebla gris continuaba orbitando en su interior, enturbiando el entendimiento con su abrazo persistente.

De las profundidades, como un cántico brotado de la misma roca, emergieron voces del abismo:

“Jioru Hádhlan kai Hádhla-ün,

tierra de Atlas y del pueblo atlante,

neisi inís háklan suŝ ekua,

gran isla de los círculos de agua,

jáinies nimí jroinun,

perdida en la memoria del tiempo…”

 

Eirik empezaba a distinguir una conversación entre seres pertenecientes a diferentes mundos. Sus mensajes aparecían y se desvanecían en frecuencias que se deslizaban sobre la superficie del océano; lenguas distintas que se entrelazaban como hilos de plata sincronizados por una mano invisible. Trazas de calina espesa y agua salada danzaban al unísono ante sus ojos, trazando sobre el oleaje una cartografía mística. Aquellos mensajes extraños, nacidos del rumor de la espuma, le marcaban inexplicablemente el camino que debía tomar y el umbral que estaba destinado a franquear.

Me mostraba reticente a dejarme engullir de nuevo por el abismo. El recuerdo de aquella noche aterradora aún palpitaba en mis sienes; temía que las redes de Rán estuvieran aguardando bajo la superficie para reclamar lo que el naufragio no pudo cobrar. No quería ser arrastrado otra vez hacia un mundo extraño, oscuro y terrible, donde el aliento se apaga y el alma se pierde. Pero al entrar en contacto con el agua, la sensación fue distinta. Las olas, que antes me habían parecido furiosas, ahora mecían mi rumbo con una suavidad desconocida. Sentí que el único camino hacia mi buen puerto era precisamente este: un sendero marcado por una luz tenue en la lejanía, un rayo titubeante pero revelador que hendía la penumbra submarina.

Aquella luz, que pronto se volvió potente y cegadora, deshizo las últimas sombras de su duda. Ya no era un simple reflejo, sino el faro de un reino onírico y real a la vez, una claridad que invitaba a la comunión entre dos mundos. Las puertas de Atlantis se abrieron de par en par ante él, desafiando las leyes del tiempo y la gravedad.

Con la sola guía de su instinto y el eco de aquellas voces —que ahora se desvanecían tras la máscara gaseosa que rodaba sobre el mar—, Eirik cruzó al fin el umbral del reino sumergido.

Apenas hubo franqueado la entrada, el agua se volvió densa y gélida, cargada de una presencia depredadora. De las grietas de la roca abisal emergió una sombra colosal que bloqueó su avance: la Araña Quimérica, un horror de pesadilla cuyo caparazón de obsidiana estaba recubierto de percebes cristalinos y algas bioluminiscentes. Sus múltiples ojos carmesí ardían con una malicia milenaria y su larga cola, similar a la de un dragón, se agitaba con una tensión letal. Al cruzar su mirada con la de la bestia, Eirik sintió un escalofrío que no provenía del océano, sino de un vacío gélido y absoluto, como si un aliento de escarcha le soplara directamente al alma.

Con una rapidez espantosa, la criatura lanzó hacia él una red de filamentos de acero submarino, una trama traslúcida diseñada para aprisionar al intruso en sus redes de olvido. En ese instante, la marca que llevaba en el rostro, una cicatriz imborrable tallada con la forma de Sowil, comenzó a latir con un calor blanco y eléctrico. De la piel misma emanó una luminiscencia vibrante que se desprendió en destellos, mezclándose con el agua densa del abismo.

Eirik se entregó al flujo de la runa. Alrededor de su cuerpo comenzó a formarse una nebulosa de luz blanca y etérea, una bruma subacuática que refractaba los destellos refulgentes de la cueva. Para los ojos de la araña, la figura de Eirik se descompuso en mil reflejos imposibles, como un espejo roto bajo el agua. La red de filamentos pasó de largo, atravesando la nube de luz donde unos segundos antes se encontraba el vitki.

Aprovechando la confusión del monstruo, que golpeaba ciegamente la arena haciendo crujir la piedra, Eirik se deslizó como una sombra blanca dentro de su propia niebla. La nebulosa consciente lo envolvía, borrando su presencia y permitiéndole pasar desapercibido bajo el vientre mismo de la bestia. Mientras el monstruo buscaba frenéticamente a su presa, Eirik ya se encontraba al otro lado del umbral, dejando tras de sí solo un rastro de partículas eléctricas que se disolvían en la oscuridad.

Permaneció unos instantes de rodillas sobre el suelo marino, con el pecho agitado y la mano aún entumecida por el rastro del calor blanco que lo había salvado. Al poco rato, intentó retomar la marcha, pero sus fuerzas se desvanecieron ante la inmensidad de la fosa. Se dejó arrastrar por la corriente, permitiendo que la gravedad del abismo guiara su caída; no era un hundimiento, sino una entrega absoluta a la voluntad del océano.


Sin embargo, ese descenso terminó de forma abrupta. En un abrir y cerrar de ojos, la presión insoportable del océano se desvaneció y el agua se retiró hacia arriba, curvándose en una cúpula de zafiro líquido que ahora servía de cielo. Eirik se encontró rodeado por un amanecer que encendía las copas de los álamos blancos; la Atlántida respiraba de nuevo, aunque con ese hálito de abandono de un reino que ha quedado a la espera de sus dueños.

Aturdido, creí reconocer en el susurro de las hojas la paz de la isla de mis sueños. El temblor plateado de aquellas copas guardaba un destello inconfundible en mi memoria, y aunque el entorno no se asemejaba a la costa que yo conocía, cavilé si no habría descendido por una vertiente secreta o un santuario olvidado bajo la misma roca. Percibí que el pentáculo —el único vínculo sagrado que aún descansaba sobre mi pecho tras la pérdida del pendiente de Yeadhr— empezaba a vibrar y a templarse junto a mi piel. Quizás la sacerdotisa se había equivocado en su vaticinio; quizás mi viaje terminaba aquí, en las entrañas de mi anhelada isla. Con esperanza renacida, extraje una de las semillas doradas para enterrarla en el suelo húmedo, buscando comprobar si esta tierra sagrada respondería a su llamada. Y aguardé hasta ver qué ocurría.

La semilla empezó a germinar y a hacer crecer un delicado vástago verde en movimientos oscilantes. Sin embargo, en un instante el tallo se detuvo y se quebró, para caer, ya seco y mustio, en el suelo entre las piedras y la hierba, transformándose su incipiente color verde en gris plateado. La sombra que arrojaba su figura dibujó en la superficie una grieta, que se empezó

 a abrir, desplazando las briznas secas de hierba hacia ambos lados. Y en el fondo de la cavidad apareció una pequeña bolsa de cuero cubierta de musgo seco.

Su contenido podía adivinarse por el tenue destello de una silueta luminosa que se esbozaba en la superficie de la pequeña bolsa. Al deslizar el cordón que la mantenía cerrada, extraje de su interior un objeto metálico brillante que iluminó mi rostro con una luz cálida, débil y potente a la vez, que parpadeaba con latidos cada vez más lentos. Finalmente, solo quedó una luz fija cubriendo toda la superficie, ya en silencio, y luego se apagó por completo.

¡Entre mis manos se encontraba la triqueta de plata de la que me había hablado la sacerdotisa de Avalon, aún cálida y vibrante!


Con un brillo de gozo en mis ojos, me coloqué el colgante alrededor del cuello, sujetándolo con el cordón de la bolsita de cuero. En mi pecho, el corazón comenzó a latir a un ritmo acelerado y, de pronto, empecé a sentir que se descargaban centenas de imágenes en el interior de mi cabeza; recuerdos del pasado que habían quedado apartados en algún rincón olvidado y que amagaban con volver a brillar, como esa brisa que intenta dispersar la niebla para dejar una visión nítida del horizonte.

No daba crédito a lo que me ocurría y miré de nuevo, asombrado, aquella pieza metálica extraordinaria que parecía haber cobrado vida por un instante y me inundaba con su respiración latiente.

Un zumbido de golpe resonó en su oído. La cicatriz rúnica de su mejilla —su centinela de fuego—, palpitó con un calor seco. Era como si el sol de mediodía se hubiera concentrado en esos tres trazos de su piel para alertarle de que el aire se había vuelto demasiado pesado y muerto. De forma repentina, nubes de azabache sepultaron el orbe entero y, en el corazón de aquella negrura, se dibujó la silueta de una mano inmensa y macilenta. Aunque de apariencia humana, la extremidad terminaba en unas uñas desproporcionadas, negras como el carbón y afiladas como garras de presa. Su índice acusador, largo y gélido como la muerte, señalaba implacable hacia el suelo en un gesto imperioso que parecía condenar al mundo al abismo. A Eirik se le heló la sangre; no era oscuridad lo que proyectaba aquella mano, sino un vacío absoluto que devoraba la existencia misma.


El firmamento se clausuró en una tiniebla absoluta mientras una insólita lluvia negra comenzaba a disolver, en cascadas densas, el perfil de las montañas que antes se recortaban contra el azul. Las cumbres se fundían entre sí, convertidas en una mole grisácea y traslúcida que se precipitaba en corrientes hacia un averno invisible e infinito.

La visión de Eirik se extinguió de súbito, y el firmamento se tornó un abismo insondable, como si el inconmensurable abismo de Ginnungagap lo hubiera devorado de un solo trago. La música de las estrellas remotas quedó reverberando en su cráneo, un eco intermitente que terminó por ensordecerlo. La marea de recuerdos que acababa de aflorar se batió en retirada con la misma celeridad, succionada por aquella nada.

En la penumbra que todo lo engullía, el choque entre el pulso del oro de su pecho y la plata gélida de la triqueta le dejó una última revelación: aquel no era el suelo cálido de su amada isla, sino un umbral místico de tránsito, y la travesía apenas acababa de comenzar.

Eirik quedó allí, como un extraño errante en un páramo de olvido, con la amarga certeza de que su pasado, tan próximo y a la vez tan inalcanzable, le había sido negado de nuevo. Sobre su pecho, aquella recién hallada reliquia quedó de momento relegada al silencio, mientras el joven vitki se sumía en una negrura donde el tiempo y el espacio dejaban de tener presencia.



𝄞 MÚSICA relacionada con este capítulo:

"Atlantis One(Eirik's Roving feat. DhoreX)
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"Atlantis Two(Eirik's Roving feat. DhoreX & Paola Devin)
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"AtlanTria" (PRÓXIMAMENTE)


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