5. El Aliento Helado de Yule
Tras el estallido místico que pulverizó los cimientos de Helheim, Eirik despertó en el epicentro helado de Yule, el nudo primordial donde se entrelazan la materia y el misterio. Aunque la imagen de Hel —un tajo de oscuridad y frío en su memoria— persistía todavía como una astilla clavada en el alma, recordó cómo el mundo se había disuelto en la penumbra y el silencio, dejando atrás la sensación de caos que en aquel entonces le había embargado como una motita de polvo a la deriva en un vacío sin límites, más allá del aliento mismo del cosmos. Atrás quedaba la atmósfera asfixiante del reino de la muerte, aquel frío implacable que buscaba anular su alma; el aire de Yule, aunque gélido, vibraba ahora con la promesa del renacer.
Los espectros ya se habían marchado, despejando
en su camino su consciencia, que se había perdido en el trance en el que
aquella pesadilla lo había sumido por completo. A partir de ese instante, su
senda se revelaba ante él con la nitidez del fuego. Arriba, las nubes sombrías
se dispersaron como el humo de las chimeneas en un vendaval, dejando paso a la
imagen onírica de la luna envuelta en brumas y a la aurora boreal contoneándose
entre sus velos verde esmeralda.
Los últimos vestigios del crepúsculo habían teñido de oro y bronce la orilla de la luna creciente, que se mostraba como una guadaña medio oculta tras las hojas ajadas de los robles. Las gélidas luces del norte se asomaban tiritando desde más allá del horizonte, entonando un cántico viejo sobre historias de nuestros antepasados. No había coincidencia en aquel firmamento. Bajo el susurro de una sabiduría más antigua que los hombres, la presencia de la hoz plateada y la huida del sol convergían para abrir el umbral donde la vida secreta de la tierra renace de sus cenizas.
(Anotaciones de Eirik. Yule, 21 de diciembre)
Mi voluntad mística se alzó
como una espada llamada a la guerra. Comenzaba el último tercio del mes de
diciembre y, con mano reverente, desprendí las ramitas de muérdago de aquellos
robles cobrizos. Busqué un tronco marcado por la caricia feroz del trueno, un
gigante que hubiera abrazado el rayo sin dejarse consumir, reteniendo en su
copa el fuego del cielo. Era la noche perfecta para el rito; el firmamento
mismo había tejido un pacto para desvelar la luna en su sexto día, dibujando su
arco dorado en la oscuridad más profunda del año. Con parsimonia, esparcí
aquellas ramas a mi alrededor para cubrir la superficie blanca, sabiendo con
certeza que el espeso manto de nieve servía de escudo infranqueable para que
las bayas jamás tocaran la tierra desnuda. Así quedó teñido aquel lecho helado
con el verde apagado de las hojitas de la planta y las perlas blanquecinas de
aspecto acuoso.
Sumido en aquel trance, su mirada se
mantenía absorta por el temblor de aquellas pequeñas luces que lo inundaban
todo, formando un entramado imposible de abarcar de una sola ojeada. Parecían
estrellas reflejadas en el espejo de la superficie de un lago oscuro, en
silencio pero en continua vibración. O tal vez fuesen brillantes glóbulos de
granizo esparcidos sobre el ramaje oscuro. O lágrimas derramadas. Posiblemente,
sus propias lágrimas desperdigadas por el musgo de la tierra, bailando al ritmo
de los latidos de su corazón. Sintió entonces cómo cada palpitación se
convertía en un acorde profundo y, al acariciar las cuerdas de su arpa mágica
en aquel duermevela vespertino, liberó una melodía de la que brotó la magia.
Y entonces aquellas lágrimas se
secaron y disiparon, y las estrellas se ocultaron en la oscuridad absoluta del
firmamento. El sol se marchó de la mano de la aurora boreal y la luna menguó de
nuevo en su soledad hasta regresar a su fase oscura. Solo un vacío, grande como
un abismo. Posiblemente, fuera del tiempo y del espacio. El principio de todo.
El silencio. La nada. La oscuridad completa de nuevo. El rito se había consumado: el retorno al absoluto primordial.
Después de unos momentos de letargo,
de repente, en mitad de su frente estalló un crujido, estentóreo y prolongado,
que ensartó sus tímpanos como un trueno, dejando detrás una estela de silencio
nuevo. Y seguidamente, como si volviera de nuevo a aquella ensoñación por un
momento, oyó un débil latido de su corazón, casi imperceptible. Y un segundo. Y
luego uno más, hasta alcanzar el ritmo y el timbre idénticos al de un tambor
lejano, resonando en la distancia perdida entre las ramas de los robles del
bosque.
El murmullo del viento
traía consigo sonidos de antaño, de lugares lejanos y escondidos en la memoria,
y desprendía un aroma de sal marina y arena mojada mezclado con el muérdago.
Era parte de un rito ancestral, donde su música y la danza del oráculo se tejían
por sí mismas. Visualizaba el universo como un gigantesco caldero de
Muspelheim, burbujeante y suspendido sobre el gélido umbral del abismo,
fundiendo el tejido mismo de la existencia, lento, ineludible, deshaciendo la
realidad con su aliento candente.
La intuición arrastró a Eirik hacia aquel corazón ígneo que se abría ante sus ojos. Era un crisol titánico que iba bebiendo toda la existencia en tragos largos y que dejaba fuera todo lo que estaba condenado tal vez a dejar de existir, hebras de materia informe y energía languideciente, que se iban deshilachando a medida que se alejaban, hasta disolverse por completo en la infinitud del abismo lejano. Las propias estrellas, que aún retenían el aspecto níveo del granizo, se deslizaban en hileras hacia aquella grieta y desaparecían dentro, unas detrás de las otras, abandonando el negro firmamento.
Miré fijamente al centro de aquel agujero negro en mitad de la inmensidad del espacio, entendiendo a medias qué estaba pasando. A las puertas de aquella hendidura, empecé a divisar pequeñas burbujas diáfanas que giraban en un círculo hipnótico. Al fijar la mirada, percibí cómo un hilo de plata, tan fino como un rayo de luna, atravesaba cada una de ellas, uniéndolas con el tejido mismo del firmamento. Era como si las Nornas hubieran descendido para anclar mis propios pasos a las estrellas, transformando el ramaje oscuro en un tapiz de astros desconocidos; nudos de luz donde aquellas hilanderas habían elevado los hitos de mi propia senda. No podía apartar la mirada. Cautivado, vi mi propio reflejo en aquel lejano momento, años atrás, cuando regresaba una vez más al pueblo bajo el solsticio oscuro, con las puertas engalanadas de acebo y muérdago.
Relataban los primeros vitkar,
guardianes de la magia rúnica ancestral, que el muérdago es el sumo protector
de los recuerdos del pasado y el gran revelador del destino incierto de los
mortales. Lo llamaban “la gota de Urd”, pues creían que en sus simientes de
alabastro quedaba prendida la escarcha de lo que fue y la niebla de lo que ha
de ser. Pero es, a su vez, artífice de la transformación de todo aquello que
camina sobre el tiempo. Cuando sus pequeñas ramitas desprenden su aroma a
resina de roble viejo —esencia robada a la memoria
del árbol— y sus perlas blanquecinas resplandecen como las gemas nivales que
caen del cielo durante la tormenta, el ocaso dorado de Yule se convierte en el
portal mágico que da paso al más allá: ese reino donde la existencia es una
simple ensoñación, y donde el final y el principio de todo se estrechan la mano
una vez más.
Por un instante fugaz, comprendí que
aquellas grandes burbujas etéreas no eran sino lienzos pintados por mi propia
invención, ilusiones enmarcadas por el cristal de mis lágrimas. Lágrimas
nacidas del ardiente anhelo de que aquellos fueran, no visiones, sino vivencias
reales mías. Y los latidos agitados de mi corazón me confirmaban que se trataba
de recuerdos de mi verdadero pasado.
Al limpiárselas, desaparecieron en un
lento giro en espiral aquellas imágenes, y se vio de nuevo frente a aquella
inmensa oquedad sombría, con la absoluta convicción de lo que estaba
experimentando. Reconoció en ella la puerta de su universo interior.
Aquel portal comenzó a iluminarse poco a poco. La hendidura magnética comenzó a bullir con un fuego sagrado que, sin fundir sus elementos, los revertía a su esencia más pura, haciendo que rebosaran vida y energía renovada. Con el brillo reflejado en sus pupilas dilatadas, una intuición acuciante lo empujó hacia el umbral. En sus pensamientos, la figura gélida de Hagalaz se alzó como una señal inescrutable, un faro implacable que le indicaba la senda que debía seguir. Sin un ápice de vacilación, extendió su brazo con un impulso irrefrenable, y la inercia lo arrastró hacia aquellas fauces candentes. Se dejó devorar. Ahora su cuerpo era una sombra que se fundía con el fuego hasta desaparecer por completo.
_CRÓNICAS de Mi Historia:
- I. OBERTURA: Me llamo Eirik
- II. EXORDIO: "MYTHOS", Sinfonía de un Alma Errante
- III. RESONANCIA: Mi Historia y el Secreto de las Sombras
- IV. PRELUDIO: Muercimiento de Eirik
- Capítulo 1: Eirik y el Secreto de Avalon
- Capítulo 2: Hallazgo en Atlantis
- Capítulo 3: En las Sombras del Hades
- Capítulo 4: Eirik Viaja al Niflheim
- Capítulo 5: El Aliento Helado de Yule
- Capítulo 6: Regreso a Mabon
- Capítulo 7: Eirik y el Misterio de las Sirenas
- Capítulo 8: El Espejo del Lago de las Sombras
- Capítulo 9: Finale





