8. El Espejo del Lago de las Sombras

El pánico en la voz de Iria, ese temblor que parecía nacido en las raíces mismas de su alma, actuó como un látigo sobre mi voluntad. No necesité más súplicas. Sin una palabra, la estreché contra mi pecho un instante, intentando con mi propio calor sellar las grietas de su miedo, y me di la vuelta para encarar la oscuridad.

Al borde de la penumbra, las sirenas aguardaban. Sus formas pálidas y sinuosas se mecían en las corrientes como algas venenosas, con los ojos fijos en nosotros. Sin embargo, no atacaron. Aquellas guardianas del abismo se replegaron con una lentitud ritual, abriéndonos un pasillo de aguas gélidas. Era una tregua silenciosa, como si el propio reino de Hel hubiera decidido que ya había reclamado suficiente de nosotros por una noche.

Eirik buscó con manos frenéticas la entrada de la chimenea natural, el mismo conducto que lo había escupido hacia el abismo. El agua parecía volverse más densa, cargada con la malicia de las criaturas que los observaban partir, pero el camino estaba despejado. Con un esfuerzo titánico, impulsado por una adrenalina que quemaba más que el frío, Eirik encontró el asidero. Ayudó a Iria a encumbrarse en la estrecha hendidura y, mientras el rugido de la marea empezaba a ganar volumen, ambos comenzaron a trepar. Atrás quedaba el silencio sepulcral del abismo; por delante, el aire se cargaba con el sabor de la sal.

El ascenso se convirtió en un calvario de piedra y salitre. Treparon por la grieta húmeda, aquel conducto ciego por el que Eirik se había aventurado días atrás hacia el dominio de las sirenas. Ahora, la ruta se sentía diferente; el aire de las zonas altas ya no apestaba al azufre de los estratos profundos, sino que exhalaba la promesa de una libertad cercana. Sin embargo, el océano no estaba dispuesto a ceder su espacio: el rugido de la marea ascendente reverberaba contra las paredes de aquella chimenea vertical, y el agua, espumosa, los impulsaba hacia arriba como un aliento gélido.

Finalmente, la grieta se ensanchó hasta morir en una vasta cuenca de una quietud antinatural, donde el estruendo de las olas se convertía en un murmullo sordo. Ante ellos, bajo el cielo abierto, se extendía un lago de aguas negras; una superficie de azabache encajonada entre altos muros de roca que aguardaba, expectante, la llegada de la luz, aunque el sol radiante del equinoccio se escondía ya al otro lado del horizonte. Aquella lámina oscura se ondulaba con una cadencia hipnótica, denunciando la fuerza de una marea que empujaba con insistencia desde abajo, agitando las profundidades de la cuenca.

Fue en ese instante de tregua cuando el aire les dio la bienvenida. Sobre los riscos, el Bosque Silente se alzaba como una guardia de espectros plateados; los álamos blancos agitaban sus hojas con un temblor rítmico, produciendo un murmullo etéreo que no era ruido, sino la voz misma del silencio. Aquel parpadeo de luz blanca en la penumbra era el rostro del umbral, pero fue su fragancia extraordinaria la que terminó de anclar a Eirik a la realidad.

El marino inhaló profundamente, reconociendo el éxito de su travesía a través de ese rastro gélido, limpio y cortante de las agujas de abeto blanco, una esencia cortante que despejaba la bruma de su mente. Bajo ese frescor, latía el espíritu herbáceo y salvaje del brezo púrpura, sostenido por el aliento profundo de una madera antigua, seca y noble: el enebro sagrado que hundía sus raíces en la piedra del mundo. Aquel aroma era la prueba: habían regresado al punto exacto por donde él se había internado en el abismo.

Nos abrazamos, aún con el agua rodeando nuestros hombros, felices de sabernos a salvo y libres, con el firmamento infinito sobre nuestras cabezas emitiendo un fulgor de esperanza y promesas. Alcé la vista y una sonrisa de alivio asomó a mis labios al divisar el vuelo circular de los alcatraces; sus alas blancas eran jirones de paz que me devolvían el aroma de los bosques. Sin embargo, al cruzar el umbral de las sombras, el blanco se tornó azabache en un parpadeo. Dos cuervos inmensos rasgaron el aire, observándonos con una fijeza antigua, como si el cielo mismo hubiera abierto un ojo único para juzgar nuestro escape. Un frío gélido, que no procedía del agua, me erizó la piel: aquellos heraldos negros no traían la paz, sino el peso de un destino que aún no se había cumplido.

Mas, inesperadamente, la marca en mi rostro vibró con tal fuerza que creí escuchar el metal de una espada chocando contra la roca desnuda. Sentí los tres ángulos de Sowil destellar bajo mi piel, un latido de luz roja que se negaba a apagarse mientras una sombra, espesa y sin nombre, comenzaba a filtrarse por las grietas que rodeaban el lago.

—Creías que el amor era una llave para cruzar mi umbral —la voz de Hel vibró desde las profundidades del estanque, gélida y eterna.

Al alzar la vista, buscando el origen de aquel eco, quedé atrapado en la fijeza de su mirada. Hel emergió de la penumbra; no necesitó cadenas para detenernos, pues su sola presencia era un ancla para el alma. Al acercarse al borde del agua, la diosa mostró su rostro dividido, y en sus ojos se libró la última batalla de mi destino. En el iris claro, aquel que reflejaba la paz de los justos, vi el último aleteo de los alcatraces blancos desvaneciéndose como un sueño que se apaga. Pero en su otro ojo, una cuenca de sombras donde habitaba el rigor del abismo, las siluetas de los cuervos se grababan como manchas de tinta sobre el fuego, multiplicándose en una danza de muerte. Se me heló la sangre; si el Padre de Todos acechaba tras aquellas alas, mi destino acababa de volverse mucho más peligroso.

—Pero el amor es, ante todo, una deuda que siempre se cobra en sangre —continuó ella, mientras su mirada se demoraba en mí. Ya no había en su expresión el desprecio que se le dedica a un simple humano; había una duda oscura, una sospecha de que la sangre que corría por mis venas guardaba ecos de una estirpe más antigua y poderosa—. Temí que mis secretos fueran profanados, y por ese atrevimiento ya has pagado un precio y has ganado tu huida de mi prisión. Pero el abismo tiene memoria, joven Eirik. Especialmente para aquello que me pertenece y me es cruelmente arrebatado.

Ante la mirada de incomprensión de los jóvenes, Hel agitó una mano y el agua negra se tensó en un remolino lento hasta volverse un manto ondulante de una claridad cruel. En esa superficie inquieta y defectuosa, la diosa proyectó una visión horrible, una verdad velada en parte solo por el vaivén suave de las ondas marinas.

—Mira atenta, Iria —sentenció la diosa con amarga convicción—. Observa al hombre que crees conocer. Lo que ves es lo que oculta tras ese silencio que tú llamas devoción.

Quise apartar la vista, pero el agua me reclamó con un magnetismo insoportable. Bajo la superficie ondulada, la oscuridad se disipó para mostrarme una escena bañada en sangre y perdición. Me vi a mí mismo sobre la cubierta de mi barco, una silueta devorada por la bruma. Vi mi propia mano empuñando el hierro y el rostro del ser que emergía de las olas: una criatura marina de facciones nobles cuyos ojos eran un reflejo exacto de los de Iria. Mi arma silbó cortando el aire en la oscuridad y luego toda visión fue una ola de sangre, mientras el grito sofocado de aquel ser se fundió con el estallido de la tormenta. Hel no mentía.

—¡Padre! —fue el grito lastimero de Iria al reconocer la imagen de su progenitor desaparecido entre las olas del océano, junto a la bahía donde solía atracar mi barco.

Aquella palabra me atravesó con más violencia que cualquier acero. El aire se volvió plomo en mis pulmones mientras la veía derrumbarse, sus ojos fijos en la agonía de aquel ser noble que yo había aniquilado. No pude hablar; la verdad, desnuda y sangrienta, se me anudaba en la garganta. Al intentar acercarme, mi mano retrocedió antes de rozarla; no fue el frío del abismo lo que me paralizó, era la certeza de que mis dedos ya no encontrarían la calidez de la mujer que amaba, sino la dureza del hielo. Me dolió verla así, tan extraña en su propio sufrimiento, como si el dolor la estuviera alejando de mi mundo hacia una distancia que yo no podía comprender. El peso de mi culpa, que hasta entonces había intentado sepultar bajo capas de olvido y esperanza, emergió de las aguas negras con una fuerza devastadora. Quise tocarla, pedir un perdón que sabía imposible, pero mis manos me parecieron ajenas, manchadas por un carmesí invisible que ni toda la sal del océano podría limpiar.

—Tú lo sospechabas —susurró Hel, deslizándose como una sombra hasta mi oído—. En cada beso que le diste a tu amada, sentías el sabor de la sangre de su padre. Sabías que el hombre que la engendró cayó bajo tu hierro, y elegiste el engaño para no perderla.

Iria retrocedió, con los ojos fijos aún en la imagen. El silencio que siguió fue más pesado que cualquier condena en el Niflheim. Sentí que la magia que nos había mantenido unidos se deshilachaba como una vela vieja. Perdí mi rostro entre mis manos.

—¡No! —el grito de Iria se quebró en las paredes de la gruta.

Se interpuso entre el reflejo de la superficie del lago y Eirik con la desesperación de quien intenta tapar una herida abierta con las manos desnudas. Sus ojos saltaban de la imagen sangrienta en el agua al rostro compungido de su amado. No entendía qué había sucedido en aquella noche de bruma y acero; Eirik nunca le había hablado de aquel encuentro, y el silencio de él ahora le pesaba como el hierro.

—No... él no es un asesino —murmuró Iria casi para sí misma, con una incomprensión que le nublaba el juicio—. ¿Cómo podía él saber que se trataba de alguien de mi sangre? Y, además, también yo he pecado guardando silencio sobre mi condición.

Con una determinación lenta, Iria dejó que la máscara de su humanidad se disolviera en la sal. Eirik vio, sin comprender, cómo Iria se alejaba y se alzaba sobre una roca. Él la observaba con el aliento contenido y el alma en vilo. Ella no luchó por sostener la ilusión de sus piernas; en su lugar la plata de sus escamas refulgió con una pertenencia antigua. El desconcierto y la duda se disputaron el juicio del marinero al ser expuesta aquella realidad: su cola de sirena golpeó el agua con un latido salvaje, una presencia poderosa y ancestral que reclamaba su lugar en el abismo.

Hel, aprovechando la vulnerabilidad y estupefacción del joven, soltó su última flecha envenenada:

—No es su piel lo que te estremece, Eirik —la voz de la diosa fue un suspiro de hielo a su espalda—. Es el reconocimiento. Pregúntale, si te atreves, quién le dio la vida. El jarl puso la semilla, pero el vientre que la acunó fue el mío. Iria es mi propia carne, mi descendencia en este mundo de mareas.


Me quedé sin aliento. Aquella revelación me golpeó con más fuerza que la visión de su cola plateada. Iria, mi Iria, era el nexo entre el ser que yo había matado y la Reina de los Muertos, que ahora me reclamaba. El círculo de mi traición se cerraba sobre mi cuello como un lazo de hierro.

Iria, viendo que la confusión nublaba los ojos de Eirik, dejó que una lágrima se fundiera con la sal del estanque. En sus propios ojos se leía el lamento de quien se sabe el origen de una desgracia inevitable; la revelación de Hel sobre su parentesco con ella había convertido su secreto en el lazo que ahora asfixiaba el futuro de ambos.

Sin embargo, Eirik buscó en lo más profundo de su memoria el calor de las manos de Iria y la realidad de sus sacrificios en el reino de las sirenas. La duda, aunque punzante, empezó a disiparse ante la evidencia de que el dolor de ella era tan real como el suyo.

—No me importa de quién seas sangre, amor —murmuré finalmente, recuperando una firmeza que me nacía de las entrañas, una fuerza que no pertenecía a este reino de sombras—. Solo me importa quién eres cuando me miras.

Hel entornó los ojos y el aire se volvió un sudario de escarcha. Enfurecida, al ver que el marinero no mostraba rechazo ante la estirpe de Iria —que ni su naturaleza de sirena ni el ser vástago de su propia carne bastaban para quebrantar su voluntad—, la diosa retorció su ataque, apelando de nuevo al delito de sangre.

—Todo el mundo conoce nuestras leyes y el precio que se exige por un crimen de este género, ¿cierto, Eirik? —sentenció triunfal con sorna, y su voz resonó con el peso de las lápidas—. Decidiste callar, pero tu pecado sigue grabado en la memoria del agua.

Las facciones de Hel se endurecieron como el hielo milenario; la soberana de los muertos no estaba acostumbrada a que un mortal extrajera entereza de su propia ruina para sostenerle el pulso precisamente a ella y desafiar su derecho de sangre.

—Mi padre era el jarl de la isla —dijo Iria con voz quebrada, dando la espalda a su madre—. Él era el señor de estas aguas... pero tú no podías saberlo, Eirik. Nadie en la superficie sospechaba que el linaje de los hombres se entrelazaba con el de los abismos. Tú luchabas por tu vida y yo…

—Pero la sangre reclama sangre interrumpió Hel, interponiendo su figura entre los dos y dirigiéndose a Iria—. Este joven terminó con la vida de tu padre. Su condena se cumplirá en el silencio eterno de mi reino.

Pese al perdón que Iria vertía sobre sus hombros, Eirik se hundió al borde del estanque, incapaz de sostenerle la mirada a su propio reflejo. Más allá de la amenaza de la condena, lo que le oprimía el pecho era la mutilante vergüenza de sus actos; una mancha que ni siquiera las aguas del abismo podrían lavar.

—Hablas de deudas, hija de Loki, pero tu linaje no es el más apto para impartir justicia. Tu espejo solo refleja tu propia ceguera —la voz no llegó desde un punto concreto, sino que pareció emanar de las mismas raíces de la piedra. Era una vibración profunda, como el crujido interno de un glaciar o un trueno que se niega a estallar, cargada de una autoridad que hizo que el tiempo mismo pareciera dilatarse.

Tras Hel, la penumbra pareció replegarse ante una voluntad más antigua que el propio abismo. De la oscuridad emergió una figura alta que se acercaba lentamente, envuelta en un pesado manto de viaje color medianoche. Un sombrero de ala ancha proyectaba una sombra impenetrable sobre su rostro, permitiendo que solo un ojo —único, gélido y cargado con el peso de miles de años de conocimiento— brillara en la penumbra.

Iria se quedó sin aliento, sintiendo un escalofrío que no nacía del frío del lago, sino de una vibración en sus propios huesos; era como si el aire hubiera adquirido de pronto una carga eléctrica. A su lado, Eirik alzó la vista, paralizado.

Al mirar su figura, el miedo no fue lo primero que me golpeó. Fue un eco. Una nota grave que resonó en el tuétano de mis huesos, reconociendo la autoridad de aquella presencia antes de que mi mente pudiera procesarlo. Mi sangre, que un instante antes parecía helada por el desprecio de Hel, comenzó a arder con una familiaridad aterradora. Aquel desconocido no era un extraño; era el origen de un vacío que me había perseguido siempre, una sombra inmensa que ahora, por fin, se dignaba a proyectarse sobre mí.

El caminante detuvo su avance y, por un breve instante, el ala de su sombrero dejó de ocultar aquel ojo único y gélido. Su mirada no se posó en Eirik con la curiosidad de un dios hacia un mortal, sino con la intensidad de quien contempla su propio reflejo en un estanque turbio. Fue un segundo eterno, un puente de silencio donde el joven sintió que su alma era pesada y juzgada, no por sus crímenes, sino por su estirpe. Para el joven, la presencia del desconocido era abrumadora: no era un hombre, era un recordatorio viviente de las sagas que le contaban de niño, una figura que desprendía un aura de autoridad tan absoluta que incluso el dolor de su condena pareció quedar en suspenso. Entonces, con un leve y casi imperceptible asentimiento, el desconocido desvió la vista hacia Hel, rompiendo el hechizo.

Hel se giró y retrocedió, con el rostro contraído por una mezcla de odio visceral y un respeto nacido del miedo. Sus dedos se crisparon sobre su túnica, reconociendo al caminante que no necesitaba presentación.

—Eirik es un asesino —logró sisear ella tras reponerse, aunque su voz sonó como el roce de hojas secas frente al rugido de la marea—. Y por ello debe pagar. Su destino es mío.

De pie, junto a ella, Odín no se dignó a mirarla. Su silencio fue más devastador que cualquier grito. Dio un paso al frente y el golpe de su bastón contra el suelo resonó como un veredicto final, haciendo que las aguas del lago se estremecieran de terror en círculos concéntricos.

Sin mediar palabra, el Padre de Todo alzó una mano hacia el cielo abierto. El gesto fue imperioso, un mandato directo a las esferas celestes. En el horizonte, mientras el Sol se desangraba en su ocaso por el poniente, al otro extremo del cielo, la Luna fue arrancada de su curso natural por una fuerza invisible; el satélite ascendió con una velocidad antinatural, rasgando el crepúsculo hasta clavarse en el cenit, justo sobre la vertical de la cuenca. Allí, lejos de palidecer o menguar a pesar de la posición del Sol, el orbe se encendió con una intensidad gélida y perfecta, bañando la superficie acuosa en una luz de plata que no pertenecía a este mundo, sino a la voluntad de aquel que la reclamaba. Seguidamente, una columna de luz cenital, sólida como el mármol y afilada como una lanza, descendió desde su redonda superficie, atravesando la oscuridad y golpeando el centro del lago. Bajo ese impacto de pureza lunar, la superficie se tensó y se congeló en un lienzo níveo de una perfección absoluta, un cristal que no solo reflejaba la luz, sino la naturaleza misma del cosmos.

—Mira el velo rasgado que el agua no se atrevió a mostrarte, hija de Loki. El espejo de agua revela la verdad absoluta —sentenció Odín.

Bajo el dictado de Odín, el lago se había transformado en un lienzo de plata viva, haciendo que las ondas desaparecieran y, desde las profundidades del cristal líquido, emergió la realidad despojada de adornos.

En el reflejo del lago, la imagen de Eirik apareció recortada contra una tempestad de sombras. Se le veía en la cubierta de su barco, luchando contra un mar que parecía querer devorarlo. Entonces, una figura siniestra brotó de las profundidades: el jarl de la isla. El guerrero surgió de la espuma, encarnando una fuerza de la naturaleza con el rostro desencajado por la furia ciega y el acero brillando con intención letal. No había palabras en el reflejo, solo la violencia del salto y la desesperación en los ojos del atacante mientras se abalanzaba sobre el joven, quien reaccionó por instinto.

El espejo de agua mostró cómo Eirik alzaba su espada en un arco defensivo, pero el metal no encontró carne. El filo se hundió con estrépito entre sacos de víveres y madera, errando el golpe contra su oponente marino. En ese preciso instante de confusión, una luz cegadora —un relámpago que no provenía del cielo ni del mar, sino de la propia grieta del destino— atravesó por la espalda al jarl, perforando su pecho justo donde late el corazón. La imagen del caído se deshizo en burbujas de luz antes de que su cuerpo se precipitara, ya sin vida, al abismo.

Hel apretó los labios formando una línea de palidez mortal. Pero permaneció en silencio, observando en el reflejo la naturaleza de la luz que había segado a su pareja. No había ya acusación en su mirada, pero sí una tensa contención; reconocía la autoridad que había intervenido, pero tras el velo de su calma, una brasa de rebeldía se negaba a aceptar aquella injerencia como una sentencia definitiva.

La Luna se replegó sobre sí misma y, con una lentitud glacial, comenzó a deslizarse de vuelta hacia su curso para reanudar su lento viaje nocturno, dejando la gruta en un silencio sepulcral.

—¿No puedes ver el intento de castigo cruel sobre un hombre que era y es inocente, hija de Loki? —aquella voz grave resonó con ecos profundos en la conciencia de Hel mientras contemplaba el último rastro de luz sobre el agua y, tras un instante de pesada reflexión, habló con una voz que arrastraba el frío de las profundidades.

—El jarl cumplía con su deber —proclamó, sin apartar la mirada del lago—. No saltó por crueldad, sino por necesidad. Este joven no solo pretendía el corazón de nuestra hija, desafiando las leyes de su linaje, sino que sus pasos lo habían llevado demasiado cerca de la grieta de Skellig, el mismo umbral donde nos encontramos ahora. El jarl actuó para proteger el secreto del abismo, para evitar que un mortal profanara la entrada a mi reino. Su espada era la justicia de un padre y de un guardián.

Odín, que hasta entonces había permanecido como una figura tallada en la penumbra, dio un paso al frente. En la lejanía, el graznido de los cuervos rasgó el aire con el tañido de una campana fúnebre, sofocando cualquier rastro de protesta.

—Fue el propio jarl quien pagó por tu error; buscó sangre sin causa justa —aclaró Odín—. Fuiste tú quien lo envió a cometer un acto solo para salvaguardar el secreto que oculta la vergüenza de tu estirpe. Mi mano simplemente estuvo presente para que se hiciera justicia en favor de un joven marinero inocente, que solo arribaba a las costas en busca de su amor y que aún tiene un hilo que tejer en el tapiz de los mundos. Ya una vez cruzó el profundo silencio y regresó porque su hora no había llegado; no serás tú quien intente cerrar una puerta que el destino dejó abierta.

Hel retrocedió, su máscara de frialdad agrietándose ante una derrota que no podía discutir. Como un acto reflejo súbito y violento, fruto de la rabia contenida por la dureza de su propio acto fallido, arrancó de su mejilla descarnada un jirón de su piel muerta, que cayó al agua como una hoja seca. Apretó los puños, pero su silencio fue la única respuesta ante aquella voluntad superior.

Odín dio un paso más, y el brillo de su ojo único pareció consumir las últimas sombras de la gruta. Su voz ya no era un murmullo, sino el estruendo de la marea contra los acantilados de la eternidad.

—¿Acaso pretendes pedirme cuentas a mí? —atronó Odín, y su voz llegaba cargada con el peso de los siglos—. ¿A mí, que permití que el destino le arrebatara la vida al jarl para extinguir su odio antes de que alcanzara a este joven? ¿Exiges que cumpla yo ahora la condena que habías destinado a mi propia descendencia?

El silencio que siguió a sus palabras fue absoluto, un vacío en el que el tiempo mismo pareció detenerse. Hel retrocedió un paso, su rostro convertido en una máscara de piedra y asombro ante el linaje revelado, mientras Iria y Eirik permanecían unidos por el agua y el desconcierto, marcados para siempre por una verdad que ni el abismo ni las mareas del tiempo podrían ocultar.


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"Mythos Finale" (Eirik's Roving)

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