4. Eirik viaja al Niflheim
La oscuridad absoluta se cernía de
nuevo ante él, pero la vibración constante de la triqueta y el brillo de la
runa Hagalaz en el arpa le susurraban que la rueda de su Destino comenzaba, al
fin, un nuevo giro. Se despedía del mundo de las sombras, aquella región
extraña donde la voz de Hades aún resonaba como un eco agónico. El silencio que
ahora lo envolvía no era vacío, sino el preludio de un nuevo génesis.
El río Estigia, que lo había
arrastrado a la prisión eterna, mudaba ahora su naturaleza; su cauce se volvía
un sendero hacia lo desconocido. La brújula de plata, que sentía cálida contra
su pecho, volvía a ordenar los latidos desacompasados de su corazón, dictando
un pulso firme allí donde antes solo hubo desconcierto. Se entregó a la
corriente, permitiendo que el fluir del agua desovillara el hilo de su propio
destino.
La corriente, antes templada por las
calderas del Tártaro, empezaba a enfriarse gradualmente. Se tornaba densa y
oscura, hasta que diminutos fractales de hielo comenzaron a cristalizar en la
superficie. Los torrentes que se precipitaban desde las peñas reflejaban una luminosidad
que a Eirik, por alguna razón oculta en sus sentidos, le resultaba familiar;
una luz que despertaba un eco antiguo en su memoria castigada.
Una certeza punzante se anidó en mi
pecho al mirar hacia arriba. Aquellos astros, aquella arquitectura de luz en el
cielo gris, vibraban en sintonía con mi propio pulso. Era un eco remoto, una
vibración de mi sangre que desafiaba al olvido; el presagio de que mi camino me
había arrojado de nuevo al umbral de aquel paraje sagrado donde, cada otoño,
buscaba el rastro de mi amada.
“Danzan
entre susurros junto al mar…”
Los ecos de la canción se mezclaron
con el latido apagado de unos tambores lejanos, un pulso que parecía nacer del
mismo vientre de la tierra. Pero no eran los únicos ecos en aquel frío. Eirik
levantó la vista y, por un instante, entre la niebla helada, distinguió dos
sombras oscuras que se deslizaban por el cielo como manchas de tinta sobre un
pergamino gris. No eran simples aves; eran el reflejo de dos ojos que lo
escrutaban desde un tiempo olvidado, una visión fugaz que le susurró un nombre
perdido, un nombre que parecía haber conocido siempre. El susurro se deshizo en
el viento, dejándolo con la inquietante certeza de ser observado por algo más
vasto que su propia existencia.
Al sacudirse la ensoñación y siguiendo
el rastro de las señales celestes, recordó que, a unos cientos de metros, sobre
un llano apartado del rugido de la corriente, debía plantar una de las semillas
de manzano. Era su forma de cerciorarse de que se hallaba cerca de lo que tanto
anhelaba. Sin embargo, al intentar hincar sus dedos en el suelo, se dio cuenta
de que sus sentidos aún estaban confusos: aquella porción de terreno
resplandeciente era un desierto de hielo y nieve compacto hasta lo más
profundo. No había tierra, ni rastro de la fertilidad que recordaba; solo una
costra de escarcha impenetrable que no permitía arraigar a ninguna planta,
dejando su esperanza congelada en la punta de sus dedos.
Sentí un dolor punzante en el centro
del pecho que me hizo perder un latido. Dos lágrimas, pesadas y ardientes,
resbalaron por mis mejillas y cayeron sobre la gélida superficie; vi cómo la
nieve humeaba por unos segundos bajo su calor, como si se tratara de ácido.
Junto a ellas, la semilla, germinada a medias en un esfuerzo inútil, apenas
alcanzó a tallar un surco oscuro antes de ennegrecerse y marchitarse al
instante.
Sin embargo, para mi sorpresa, un
crujido violento rasgó el silencio. Desde el punto donde la semilla había
muerto, una grieta inmensa comenzó a serpentear, haciendo temblar el valle por
todo mi alrededor hasta abrir las entrañas azuladas de una laguna oscura y
eterna. Comprendí entonces, con un escalofrío, que la corriente no me había
llevado a cualquier parte: me hallaba ante las olas de los mismísimos Élivágar,
en los confines del norte, frente a las puertas de Niflheim.
Buscando consuelo en su pena, Eirik
acarició las cuerdas del arpa. “Tañedla
siempre con equilibrio y sensatez, y podréis proseguir adelante en vuestro
sinuoso camino”, resonaba aún la advertencia de Hades. Pero apenas los
primeros acordes vibraron en el aire, un estruendo brutal emergió del fondo de
la laguna. Era un rugido primitivo, una voz inconmensurable que parecía brotar
de la garganta misma del mundo, pronunciando una sola palabra que hizo vibrar
sus huesos —¡Hagall!
El gran dragón Nidhogg, el Devorador de Cadáveres, irrumpió desde las gélidas profundidades, emergiendo con una fuerza impetuosa que desgarró la calma. Su presencia era una promesa de peligro inminente. La criatura, nacida de la raíz más sombría del Yggdrasil, el árbol que sostiene los nueve mundos, se alzó para entregarle a Eirik un mensaje enigmático, tan misterioso como las runas mismas.
El dragón, con su aliento helado que
quemaba más que el fuego, había traído la runa Hagall. Eirik sabía que esta
runa era mucho más que un simple trazo: era el puente tendido entre la luz que
recordaba y la oscuridad que ahora habitaba. —Es la puerta a
las profundidades del ser y del tiempo mismo—, murmuró para sí,
mientras el azul de sus pupilas se dilataba ante la magnitud de lo revelado.
Era la llamada a regresar al pasado, a
la nada original, al punto cero de todo lo que existía. El sonido de Hagall
resonó en su mente, un eco sordo que se aferraba a sus pensamientos, incluso
después de que Nidhogg desapareciera tan súbitamente como había aparecido.
De las ondas gélidas que el dragón
dejó tras su abrupto descenso, emergió un objeto puntiagudo y cristalino. Su
ascenso fue lento, hipnótico, revelando la silueta de un antebrazo titánico con
la mano abierta. Pero la ilusión se disolvió tan rápido como había aparecido.
Lo que emergió realmente fue la forma tangible de la runa que Nidhogg había
invocado: una Hagall de hielo. Ante Eirik, flotando sobre la superficie del
agua, se mostraba la figura de una estrella cristalina, tan frágil como el
olvido y tan antigua como el propio destino. Aquella estrella brillaba con una
luz opaca y letal, reflejando el frío de Niflheim en agujas perfectas. La runa,
ahora visible y tangible, era la clave que Eirik debía descifrar si quería
encontrar el rastro de su amada.
Una profunda y desconcertante
extrañeza se apoderó de él. Le parecía inconcebible que una criatura tan
abominable como Nidhogg fuese el mensajero de un enigma tan inofensivo. Sin
embargo, en un instante, el velo de lo incomprensible se rasgó. El mensaje oculto
dejó de ser un misterio, como si una voz gélida, dictada desde el lecho del
lago, resonara directamente en su mente.
Impulsado por esa certeza que tienen los vitkar desde la experiencia de años sobre el manejo de las runas, Eirik extendió su mano izquierda al frente y cerró el ojo derecho. Con una precisión casi ritual, superpuso sus dedos extendidos para que coincidieran con las cinco puntas afiladas de Hagall, la estrella de cristal que flotaba ominosamente en la distancia. La extrañeza por Níðhöggr, el mensajero, se fundió con una certeza deslumbrante y a la vez aterradora: la runa Hagall representaba a la soberana de los muertos y a su gélido reino. Aquel conocimiento, lejos de resolver el enigma, lo hacía más profundo y oscuro. —Si ella gobierna este lugar, mi amada está atrapada en sus raíces—, concluyó con amargura.
Justo en ese instante, las aguas del
lago se rasgaron con una violencia súbita. Una hendidura perfecta, como si una
espada invisible las hubiese cortado de un solo tajo, separó el agua en dos
mitades, revelando un abismo insondable.
Al fondo, la oscuridad no solo cegaba
los ojos de Eirik; era un vacío tan absoluto que aniquilaba sus demás sentidos,
robándole el sonido y la sensación. Toda vida a su alrededor fue engullida,
como si las fauces insaciables de Fenrir hubieran desgarrado la existencia
misma. En su lugar quedó un silencio inmenso, tan primordial y vasto como el
Ginnungagap antes del primer aliento, un mutismo tan atronador que parecía el
aullido ahogado de un lobo devorando las agujas del tiempo. Helheim. Así era
como siempre había aparecido en sus sueños, no como un lugar, sino como la
sombra de un reloj de sol gigantesco, sumergido para siempre en una noche
eterna donde el tiempo se había detenido. Y en esa oquedad infinita,
suspendidos en el vacío, flotaban los fragmentos nebulosos de su propia
historia.
Y en esa oquedad infinita, suspendidos
en el vacío, flotaban los fragmentos nebulosos de su propia historia. Eirik
sintió que aquella vibración era como el aleteo distante de dos cuervos que
volaban por la memoria, llevando consigo los recuerdos lejanos y turbios de su
niñez, que llegaban a él como ecos fantasmales en el silencio de la creación.
"El viento ululaba sin cesar en Helheim, una
respiración glacial que lamía las vastas extensiones de hielo de tiempos atrás
y la neblina perpetua. Allí, donde la vida se negaba a prender, en un rincón
más desolado que cualquier otro, se alzaban tres peñas desnudas en mitad de un
océano invisible, como dientes rotos de un cráneo inmenso de un mundo olvidado.
No eran simples piedras; eran los hitos de un tormento eterno, el lugar donde
el taimado Loki languidecía, atado por cuerdas indestructibles confeccionadas
por la magia secreta de los Aesir.
"Su rostro se contorsionaba bajo el goteo incesante
del veneno de una serpiente, y cada espasmo suyo, una sacudida primordial,
resonaba por el vacío, una sinfonía de dolor que alteraba la quietud sepulcral.
Justo castigo por su maldad infligido por los demás dioses. Entre los Aesir,
habitantes de Asgard, la sombra de un parricidio sobre el progenitor de una
amada era una blasfemia inconcebible, una transgresión que ningún código divino
o mortal podría amparar.
"Pero el tormento de Loki, una condena que resonó
más allá de los confines de todo Niflheim, era una verdad inescrutable, un eco
prohibido que solo los dioses comprendían en su totalidad. Lo que los mortales
apenas percibían eran sus sombras, susurros distorsionados, fragmentos de un
poder ancestral que se filtraban por el velo de la realidad.
"Contaban las brumas que, bien lejos al otro lado del océano —remoto ‘sendero del alcatraz’— junto a una isla azotada por el Atlántico, hacia el fin del mundo, se alzaban dos islotes rocosos, puntiagudos y austeros, como centinelas insomnes de piedra custodiando las costas de aquellas tierras lejanas. Y hasta allá, misteriosamente, llegaban los embates de sufrimiento del dios castigado, manifestándose de formas que la razón mortal no podía desentrañar. La esencia de su condena se adhería a aquel lugar.
"La leyenda murmuraba, una verdad quizá solo
conocida por aquellos con visión divina, que su hija Hel, soberana de Helheim,
el Reino de los Muertos, había forjado un arriesgado trueque con los Aesir para
enmarañar su vergüenza y la de su estirpe. Este pacto, de consecuencias
cósmicas, vinculaba la frágil existencia de su dominio con aquellas dos islas
en el Atlántico, transformadas en puertas de entrada al propio reino de
Helheim. Si por ventura algún humano cruzare estos umbrales, la diosa Hel estaría
sellando su propia perdición al no poder evitar que ese humano consiguiera
entrar en reinos que le estaban prohibidos.
"Marineros y labriegos, ajenos a la verdad, cuentan
que entre esas dos rocas podía divisarse una tercera: la cabeza de un terrible
troll pétreo gigantesco, de mirada tan fría y cruel como la de un draugr en su
vagar nocturno entre los túmulos. Se dice que de su testa brotaba una maraña de
serpientes venenosas que se retorcían hacia el cielo, aunque los viejos
escaldos juraban que no eran sierpes, sino álamos blancos cuyas hojas siseaban
y cantaban como mil voces demoníacas. El monstruo emergía de las profundidades
marinas en el corazón del otoño para sembrar el terror en las costas,
arrastrando consigo ecos de tormento y desolación. Algunos viejos escaldos, con
el brillo del misterio en los ojos, susurraban cantando que este ser infernal,
de incierta procedencia, no era sino una sombra, una reminiscencia de una ira y
un sufrimiento ancestral que quedaron anclados en aquel punto para
siempre."
La llegada de Eirik a Helheim le había
sacudido como una amenaza repentina a través de aquellos pensamientos. Un sudor
frío empapaba su frente, y cada respiración se sentía áspera, como si el veneno
de la serpiente de Loki se hubiera adherido a su garganta. Lo que en principio
se le revelaba como el recuerdo de una dulce y tierna infancia se trocó
inexplicablemente en un tormento oscuro de procedencia más cercana al presente
Mi mente, aturdida y confusa por todas
aquellas imágenes inescrutables, intentaba aferrarse a la lógica, pero los
bramidos lejanos de aquella criatura seguían resonando en mi interior.
Para Eirik, la visión se había
agarrado a su piel como la bruma matinal en las copas de los árboles viejos
deshojados, dejando una ensoñación palpable, un presagio velado cuyo
significado escapaba aún a su comprensión, pero a la cual parecía sentirse inevitablemente
encadenado por alguna razón.
Parecía como si su cuerpo se hubiese
desdoblado en algún instante en que aquellas imágenes vagaban libres dentro de
su profundo pensamiento. Eirik se vio a sí mismo como un eco distante, un
cuerpo etéreo en el umbral de otra dimensión. La visión, un enigma sombrío,
clamaba por ser descifrada, su mensaje pendiendo en el aire como una
advertencia incomprensible. Una culpa soterrada, fría y despiadada, ascendió
desde las profundidades de su corazón. Y con ella, imágenes olvidadas del
pasado, como fantasmas que se niegan a descansar, asediaban su memoria. La
visión de un puñal clavado en el pecho de aquel guerrero en la ensenada, horror
que había quedado abandonado en un rincón apartado de su memoria castigada,
ahora se empecinaba en permanecer a flote en las mareas de su mente. Cada
recuerdo era una atadura invisible y amenazaba con empantanar su avance por la
odisea que ahora lo consumía.
En algún momento de aquel estado de
hipnosis en el que parecía haberse sumido, Eirik había quedado tumbado en el
suelo frío, cubierto solo por la manta de la tristeza y la soledad. Desahuciado
por el peso de la culpa. Incorporándose con dificultad del suelo helado de
aquella estancia informe, con los músculos ateridos por aquella pesadumbre
desconocida y extraña, pudo recuperar poco a poco el equilibrio y el control de
su cuerpo y devolver su mente a un estado consciente pleno, aunque aquella
especie de pesadilla todavía se aferraba con sus garras a su ser con tenacidad.
Apretó los dientes cuando la runa Sowil
empezó a arder. No era un dolor lacerante, sino una vibración eléctrica que
recorría los tres trazos de su mejilla, marcando un contraste violento contra
el vaho gélido que escapaba de sus propios labios. Algo antiguo acababa de
fijar su mirada en él.
El aire se heló de golpe, y de las
sombras insondables, una visión emergió sin aviso. De repente, un rostro se
materializó en la negrura más densa. La mitad de este semblante me pareció que se
hallaba envuelta en velos de oscuridad, revelando apenas, bajo una luz tenue y
difusa, una superficie descarnada, informe, casi inerte, como la de algo que ha
sido erosionado por eones. La otra mitad, en cambio, refulgía de una manera
antinatural, con reflejos que danzaban sin origen aparente, como si la luz
brotara de su propia esencia. Los labios de esta aparición se movían en un
silencio sepulcral, una mímica de palabras.
Al terminar aquel mudo mensaje, la
diosa levantó una mano de dedos largos y gélidos. Con una parsimonia
aterradora, afiló la uña de su dedo índice contra su propia mejilla descarnada
y rugosa, un gesto cargado de una memoria antigua y cruel que pareció desgarrar
el tejido mismo del aire. De su garganta no brotó una voz, sino un lamento
atemporal. Un eco incomprensible, tejido con la dulzura de un susurro y la
aspereza de un gemido, como si dos almas, una viva y otra muerta, hablaran al
unísono. Este sonido se desvanecía en la vasta nada, consumido por el mismo
silencio del que provenía, sin dejar rastro de su existencia.
Lentamente, la enigmática figura bajó
su mirada, y el rostro se disolvió en la vastedad de la penumbra, retirándose
de la vista de Eirik. Tan solo quedó la presencia inmensa y distante de una
mirada oscura y hostil, una profundidad tan abismal como el propio vacío del
Reino de la Muerte. Y en lugar de aquel semblante perturbador, en la distancia,
volvió a aparecer aquella mano gigante de cristal sobre el lago oscuro, pero
esta vez parecía que sus dedos transparentes de desplazaban lentamente de una
manera que no terminaba de comprender. En su mutación, alternándose con una
cadencia hipnótica, surgieron las figuras luminosas de Hagall y Yeadhr. Al
intercambiar sus aspas, se fundían y transformaban la una en la otra, en un
ciclo incesante. Con los ojos fijos, observé asombrado el espectáculo sin
comprender aquella danza de runas.
Hel, con su gélida aparición, me enviaba
un mensaje indescifrable, una suerte de acertijo turbio y lejano que me sentí
incapaz de desentrañar. No lograba hallar conexión alguna entre aquellas
imágenes, por más que mi mente, habituada a los misterios de las runas, se
esforzaba tenazmente en ello. En la penumbra de mis pensamientos, solo una
imagen clara se abrió paso: la de aquel pendiente que había extraviado la noche
de las sirenas. ¡Era Yeadhr, el regalo de mi amada!
El nombre de la runa resonó en su
cabeza, y los pensamientos comenzaron a desfilar con una velocidad vertiginosa,
emergiendo desde lo más recóndito de su cráneo para danzar vívidamente frente a
sus ojos. Y fue entonces cuando la comprensión empezó a germinar. ¿Quería Hel
indicarme el camino hacia aquella ensenada donde debía reunirme con mi amor,
tal como lo habían hecho mis anteriores anfitriones? Si sus intenciones eran
ayudarme a encontrar a mi amada, ¿por qué no lo hacía de forma más directa, sin
velos? Pero esta posibilidad se desvaneció casi al instante: la fría y hostil
mirada de la figura me decía todo lo contrario. ¿Intentaba entonces engañarme?
¿O quizás recriminarme algo?
—Sé que seguís presente, oculta, en
este frío vacío —la voz de Eirik resonó en el abismo, cargada de una
mezcla de desesperación y audacia —. ¡Manifestaos y desvelad el significado
de vuestras intenciones!
—Hæġl ofer Ġēaðr, Ġēaðr ofer Hæġl —la voz de la diosa vibró desde las profundidades, apenas
rompiendo la quietud sepulcral con su dualidad de susurro y lamento.
“Hagall sobre
Yeadhr, Yeadhr sobre Hagall.” Aquella sentencia floreció en mi
mente con una nitidez que me heló la sangre. Entendía las palabras, pero su
propósito se me escapaba, como un mensaje escrito en el agua. El enigma golpeó
mi pecho, resonando en mis huesos antes de perderse en la vasta nada.
La duda se anidó, profunda y
creciente, en la mirada de Eirik. Por un instante fugaz, la pupila oscura de la
entidad brilló con una intensidad espectral antes de desvanecerse por completo,
dejando a su alrededor solo un torbellino de confusión y caos intangible. Aquel
gesto, aquella despedida silente, le resultó de pronto extrañamente familiar, y
una oleada de presentimiento puso a Eirik inmediatamente a la defensiva,
alertando cada fibra de su ser ante un peligro que aún no comprendía del todo.
Su arpa, que yacía a cierta distancia
sobre el suelo, cobró vida por sí misma. Sus cuerdas comenzaron a vibrar una a
una, lentamente, emitiendo un sonido que parecía surgir desde lo más profundo
de su propia mente, como si la voz de las musas del remoto Hades le susurrara
revelaciones que, por fin, empezaba a comprender. Rápidamente, aquellas voces
profundas y etéreas se entrelazaron, entonando un cántico que hizo vibrar el
aire a su alrededor, llenando el espacio con una resonancia sobrecogedora.
Y entonces, la marca dorada de Hagalaz
sobre la superficie de su arpa comenzó a parpadear con destellos intensos, como
si el instrumento mismo respondiera a una llamada lejana. Sentí, con una
certeza inquebrantable, que este era el instante culminante: la runa Hagalaz
debía fundirse inmediatamente con Yeadhr, de esta manera podía entrelazar sus
esencias en una simbiosis nueva. La imagen propuesta por Hel, que
minaba su entendimiento con insistencia, cayó en picado pieza por pieza, como
un castillo de naipes. Fue en ese preciso momento cuando supe que debía
entonar el galdr de ambas runas, al unísono, y que mi voz debía ir acompañada
por los acordes vibrantes del arpa.
Eirik cerró los ojos, sabiendo que
cuando los galdrar suenan en armonía, sucede la magia: se abren las puertas, se
desmoronan los muros y la oscuridad da paso al umbral de la luz. Sus dedos
comenzaron entonces a recorrer las cuerdas, creando intrincadas filigranas de
sonido. La melodía giraba alrededor de su cuerpo, formando una espiral de luz
que comenzó a devorar las sombras de Helheim. Al entonar el galdr de Hagall y
Yeadhr, el sonido no fue una simple armonía; fue un martillazo contra los
cimientos de la realidad.
Sentí cómo los muros del Reino de la
Muerte cedían sin estruendo. No hacía falta entender la magia, pues mi cuerpo
la vivía: el final se transformaba en el principio una vez más. Giré la rueda
mágica del tiempo hacia el arjé del universo, buscando el punto exacto donde la
oscuridad se rinde ante la primera chispa.
El corazón de Eirik latía al compás de los acordes, y el sonido se filtraba por sus poros como gotitas de rocío helado. Todo su ser temblaba, sacudido por la vibración de aquel tambor lejano que marcaba el fin de su estancia en el hielo. Dibujaba en su cabeza aquellos sonidos como diamantes transparentes, y el paraje de Niflheim comenzó a desvanecerse en un último y ensordecedor silencio.
_CRÓNICAS de Mi Historia:
- I. OBERTURA: Me llamo Eirik
- II. EXORDIO: "MYTHOS", Sinfonía de un Alma Errante
- III. RESONANCIA: Mi Historia y el Secreto de las Sombras
- IV. PRELUDIO: Muercimiento de Eirik
- Capítulo 1: Eirik y el Secreto de Avalon
- Capítulo 2: Hallazgo en Atlantis
- Capítulo 3: En las Sombras del Hades
- Capítulo 4: Eirik Viaja al Niflheim
- Capítulo 5: El Aliento Helado de Yule
- Capítulo 6: Regreso a Mabon
- Capítulo 7: Eirik y el Misterio de las Sirenas
- Capítulo 8: El Espejo del Lago de las Sombras
- Capítulo 9: Finale





