IV. PRELUDIO: Muercimiento de Eirik
Bastó un solo instante de oscuridad
para que todo cambiara para mí. Aturdido, intentaba dar sentido a los
fragmentos de horror que aún ardían en mi memoria, pero el resto de mis
pensamientos ahora yacían yermos... Todo recuerdo de mi vida anterior se había
desvanecido como arena entre los dedos. Mi alma, antes serena, era ahora un mar
embravecido de desasosiego y perplejidad.
Atrás quedaron, como sombras entre la neblina,
los recuerdos de su hogar: aquel rincón oculto entre fiordos profundos y
montañas que arañan el cielo del norte. Añoraba los mares de cristal hacia los
que zarpaba cuando el invierno exhala su último suspiro, surcando aguas donde
los islotes de hielo flotan como heraldos blancos anunciando la primavera.
En sus travesías, Eirik se convirtió en un recopilador de viejos saberes. Bajo su capa, más allá de las fronteras del mundo conocido, latía el arte de la música y la palabra, pero, sobre todo, un don que desafiaba la razón: el dominio absoluto de las runas y el secreto de los oghams. En sus manos confluía el arte antiguo de los sabios del norte junto a los misterios arcanos que el bosque sagrado custodiaba en silencio. Cada viaje no era una ruta, sino un rito de poder.
Año tras año, en cuanto la primera brisa primaveral restauraba el pulso de la tierra, él entregaba su alma al horizonte, surcando los senderos de sal que perfilan las costas del viejo continente. Sobre la proa de su embarcación lucía la runa Hagalaz, un sello protector de piedra y hierro marcado en la madera. Sin embargo, al llegar el equinoccio de otoño, bien avanzado el mes de septiembre, justo cuando la luz y la sombra se baten en duelo sobre la faz del mundo, el viento gélido de alta mar le recordaba que era el momento de volver a desplegar las velas y emprender el rumbo a casa, antes de que el mundo se sumergiera en el abrazo del hielo.
Fue en una de aquellas
travesías, en un confín remoto donde el mapa se desdibuja y topa con el fin de
la tierra conocida, donde el destino le aguardaba. Un vuelo masivo de
alcatraces huía en dirección opuesta hacia el sur, dibujando una marea blanca
sobre el cielo plomizo.
Al girarme para admirar el vuelo de aquel bando de aves, mis ojos se
toparon con una isla colosal que emergía de la niebla; se me antojó por un
instante la cabeza petrificada de un gigante asomando desde el abismo. Desconcertado
por la impresión, no tuve tiempo de reaccionar. Sentí cómo una corriente
invisible arrebataba el mando de mi timón, arrastrando el barco con una fuerza sobrenatural
hacia la orilla de aquella mole de piedra. El estruendo del casco contra el
granito fue lo último que escuché antes de que la oscuridad me reclamara.
Eirik despertó algunas horas más tarde bajo el
amparo de aquel santuario de roca. Allí conoció a una joven hecha de luz y
misterio, una criatura de la orilla que parecía haber
emergido de la misma espuma. Sin necesidad de conjuros, como si un ogham
invisible se hubiera activado en su pecho, su corazón quedó encadenado a su
belleza y a la insólita dulzura de su voz.
Desde aquel primer encuentro en adelante, año
tras año, los enamorados convirtieron su reunión en un rito de luz. Durante la
noche de Mabon, mientras el mundo celebraba su equilibrio perfecto, permanecían
abrazados bajo el manto de las estrellas, dejando que el rumor de las olas
se fundiera con los cánticos de las Sea-fey, las dulces hadas del mar, en una
conexión legendaria.
Ella buscaba entonces el refugio de su cuello y su cabello, donde el
aroma del silente bosque que los rodeaba se entrelazaba con ellos. La brea
impregnada en la ropa de Eirik se mezclaba con la esencia sutil y silvestre que
el viento traía de la espesura: el filo gélido del enebro y la dulzura herbácea
del brezo, una combinación que parecía capturar la claridad del aire de aquel
santuario de bruma y roca. Aquellas horas eran un regalo del tiempo que ambos
vivían con asombro.
Pero, con la llegada del alba, el sol anunciaba que el
ciclo debía continuar. Aunque la separación traía consigo una dulce melancolía,
se despedían con el corazón henchido de promesas, sabiendo que su lazo era
inquebrantable. Se decían adiós con una sonrisa en los ojos, confiando
plenamente en que volverían a entrelazar sus cuerpos y fundir sus labios en
cuanto la Gran Rueda completara un nuevo giro.
Como sello de aquellas promesas, ella le regaló un
pequeño tesoro: un pendiente con la silueta de la runa Yeadhr. Se trataba de un talismán
cargado de su propia esencia para que lo acompañara siempre en la inmensidad de altamar. El
pendiente se convirtió en su compañero de travesías, un faro invisible que
latía al compás de las olas del mar mientras aguardaba la llegada del otoño
siguiente.
Pero uno de esos fríos otoños en que
los vientos del invierno apremian su llegada con más impaciencia de lo habitual,
Eirik no acudió a su cita. Su amada quedó sola, aguardando frente a un mar que
ya no reconocía. El aire congelaba la caída de las hojas secas de los álamos
—aún tibias por el aliento de septiembre— y escarchaba la espuma en la orilla.
Sumida en un dolor profundo, ella seguía escuchando aquel canto bajo las olas,
pero la melodía se había vuelto siniestra. Eran voces extrañas, oscuras y
cargadas de una vibración infernal, premonitorias de una desgracia que devoraba
el eco de los dulces arrullos de sus noches de amor.
En la lejanía, entre la bruma y el
salitre, emergió el barco de Eirik. Avanzaba en calma, pero era una calma sin
vida, deslizándose hacia la orilla con la lentitud de un espectro. Se asemejaba
a un enorme ataúd en cuyo centro hubiesen clavado una larga lanza coronada por
un harapo de mortaja, arrastrado por la marea hasta quedar varado, en un
silencio absoluto, en la pequeña bahía. No había ni una sola alma a bordo. Y en
el centro de su proa solo quedaba una hendidura limpia, como si una garra
invisible de niebla hubiera arrancado el talismán de la madera y, con ello, su
propia alma.
Las olas cerraron sus fauces, dejando
la superficie del mar tan inmóvil como un lago negro, resguardado de los azotes
del viento del norte. Solo persistió un leve silbido que entonaba las notas de
un réquiem a medio componer. El espíritu del joven marinero era arrastrado, tal
vez para siempre, hacia otro mundo; su alma pendía ahora en el linde de otros
confines, perdida en la oscuridad más absoluta y terrible de la noche.
Sin embargo, más allá del velo de la
realidad, en ese umbral donde el espíritu de Eirik caminaba sobre un hilo, un
destello tenue se resistía a morir. Sumergido en una dimensión nueva y confusa,
donde la luz de su memoria se había apagado casi por completo, él aún lograba
rescatar pecios de su existencia. No eran imágenes claras, sino ecos
sensoriales que emergían del olvido sin orden ni concierto, pero que convergían
en un anhelo irrenunciable:
“Solo retengo
en mi memoria el olor de su cabello a resina de álamos blancos, el sabor dulce
de pulpa de manzanas maduras en sus labios y ese llanto desesperado y amargo
pronunciando mi nombre, “¡Eirik!” Y tengo un solo deseo: llegar a donde ella
se encuentre, cruzando a nado el firmamento y haciendo girar la rueda del
tiempo a mi voluntad. Mi plegaria se alza al cielo entre notas musicales y se
dibuja con trazos de runas mágicas. Como el primer día, mi amada, serás siempre
mi estrella, mi bajel alado y el viento otoñal que me acompañen en mi devenir."
(Anotaciones
de Eirik. Septiembre, Mabon.)
Lo único que conseguía recordar del
lugar donde mi amada moraba era la sensación de un encantamiento irresistible.
Al atracar en la pequeña ensenada, todo aparecía siempre envuelto en nieblas
espesas. A través de ese velo, percibía a veces destellos titilantes bailando a
lo lejos y el rumor incesante de agua fluyendo, quizás de algún arroyo oculto que
nunca llegué a descubrir.
Sentía que aquel enclave de reunión,
en el corazón del otoño, estaba dotado de un poder sobrenatural. El aire
vibraba con el eco de acordes celestiales, como si una antigua lira invisible
tañera notas que me resultaban, a la vez, extrañas y familiares. Y, sobre todo,
aquel retumbar continuo de tambores lejanos, como el latido del corazón de un
gigante henchido de júbilo... Era entonces cuando, de entre las cortinas
blancas de la niebla, ella aparecía ante mí como surgida de la nada para
reencontrarse conmigo una vez más.
Aparte de esos recuerdos, dentro de la cabeza de Eirik
solamente flotaba una bruma impenetrable que le impedía discernir el mundo real
del de los sueños. Intuía que no solo tendría que luchar contra las fuerzas del
universo exterior, sino también aprender a transitar el microcosmos de su interior.
Así emprendió Eirik una búsqueda incesante por senderos trazados por designios invisibles, totalmente desconocidos para él. Recorrería diferentes reinos de leyenda, ocultos en distintos lugares y épocas, escoltado únicamente por la experiencia y los conocimientos adquiridos a lo largo de su propio camino.
_CRÓNICAS de Mi Historia:
- I. OBERTURA: Me llamo Eirik
- II. EXORDIO: "MYTHOS", Sinfonía de un alma errante
- III. RESONANCIA: Mi historia y el secreto de las sombras
- IV. PRELUDIO: Muercimiento de Eirik
- Capítulo 1: Eirik y el secreto de Avalon
- Capítulo 2: Hallazgo en Atlantis
- Capítulo 3: En las sombras del Hades
- Capítulo 4: La deriva hacia Niflheim
- Capítulo 5: El aliento helado de Yule
- Capítulo 6: Regreso a Mabon
- Capítulo 7: Eirik y el misterio de las sirenas
- Capítulo 8: El espejo del Lago de las Sombras
- Capítulo 9: Finale
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