III. RESONANCIA: Mi Historia y el Secreto de las Sombras

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En aquellas largas noches heladas de antaño, cuando el corazón del invierno, feroz como un lobo Fenrir desatado, cubría las tierras con su gélido aliento y la nieve esponjaba los tejados de madera, se encendía el interior del hogar con el calor de la lumbre. El calor del hogar, amado refugio donde las voces de los ancianos, curtidos profundamente por las sagas legendarias, comenzaban a desvelar los secretos del pasado.

Sus relatos eran hilos de oro forjados en el tiempo. Relatos de guerreros valerosos y de drakkars que surcaban mares tormentosos, de bosques donde susurraban los espíritus de los robles y cantaban las hadas de los arroyos. Cada palabra era un tesoro más valioso que el botín de un rey, y conectaba a los jóvenes con el eco de las viejas historias. En el calor de esas llamas, la memoria no era un simple recuerdo, sino una resonancia por simpatía: una vibración invisible que hacía que nuestras propias almas vibraran al unísono con las hazañas de nuestros ancestros, como si estuviéramos afinados en la misma cuerda eterna. En ese aire denso, se escuchaba el eco sordo de los cuernos de batalla y el tañido de las arpas de los escaldos, que prometían que sus historias nunca se extinguirían.

"Dicen los que aún temen al mar que, allá en los límites del mundo, donde el viento arrastra cenizas de leyendas olvidadas, emergió una vez la cabeza de un troll gigante. Fue petrificada por la ira de los dioses, quedando como un faro de advertencia en mitad del océano. Su rostro, una máscara de furia y desdén, asoma sobre las aguas en el corazón del otoño, con las fauces abiertas en un grito mudo que hiela la sangre de los marineros.

“A su alrededor, el mar no descansa. Se agita en un maelstrom feroz que devora barcos y esperanzas, un torbellino donde las corrientes bailan la danza de la desesperación contra las mejillas de piedra del monstruo. Los cielos se oscurecen al rozar ese escenario irreal, y un aliento de muerte envuelve a quien se atreve a mirar. Es el recordatorio de que los mitos no son cuentos de niños, sino advertencias de lo que acecha en las profundidades del mundo... y en los laberintos de nuestra propia mente."

(“Leyenda de la Isla del Fin del Mundo”, Crónicas de Hálogaland.)

 

¿Será acaso esta historia, con su visión de lo oculto que yace en las profundidades del mar, realmente cierta? ¿O son, quizás, meros ecos de nuestros más hondos temores, la sombra inasible de aquello que escapa a nuestra comprensión? Tal vez no sea más que una cuerda invisible que vibra en nuestro interior al unísono con el mito, recordándonos que lo que escuchamos no es ajeno, sino un latido antiguo que siempre estuvo ahí, esperando el acorde adecuado para volver a sonar.