3. En las Sombras del Hades
Su mente se volvió a
quedar en blanco, baldía y fría como el corazón del invierno de las tierras
inhóspitas del norte. El breve instante en Atlantis se había desvanecido y
aquella lívida mano siniestra lo había arrastrado hacia lo más profundo de la
Tierra, hasta la prisión eterna del silencio y la soledad: el oscuro Hades.
"La barca avanzaba inexorablemente sobre las aguas del Estigia, solitaria, hacia la oscuridad, en el silencio de la noche eterna, solo interrumpido por los tañidos de su lira, que hacía que las ramas de los árboles se apartaran, que las alimañas se ocultaran en silencio tras los matorrales. Las nueve cuerdas doradas temblaban con las caricias de sus manos, y sus ondas se enredaban en los velos del silencio, trenzando redes cristalinas en el aire y arrojando destellos de luces que rasgaban el entramado de la oscuridad. Orfeo se abría paso entre las nieblas oscuras, en busca de su amada…"—¡Oh, Dioses! Busco a la que demasiado pronto os llevasteis. La fuerza de mi amor irrumpirá más allá de vuestras lejanas murallas —advertía Orfeo con voz alterada, con la mirada dirigida hacia el cielo oscuro."A la oscuridad del firmamento, de pronto, se unió un doloroso silencio que, sin embargo, resonaba en sus oídos, mezclado con el sonido de las cuerdas, que resonaban a lo lejos como si le respondieran voces veladas desde un mundo más allá. Sus dedos se deslizaban armónicamente entre las cuerdas y su mirada ahora quedaba fija sobre la superficie casi inerte del río."—Dulce Estigia, amada corriente, a la vez siniestra y celestial, centinela de las Tinieblas —su voz, ahora ya pausada, se tornó una melodía lánguida, un susurro que las aguas sombrías acogían en su silencio eterno—, ilumina mi sendero y permíteme llegar hasta ella y entregaré mi alma y mi cuerpo, mi vida entera, en el Reino del Profundo Silencio".
“… Se abría paso entre las nieblas oscuras, en busca de su amada…” A Eirik todavía le llegaban los últimos ecos de su sueño resonando en su cabeza cuando ya había vuelto en sí al mundo de la consciencia.
Delante de sí, a lo lejos, solo había
una enorme masa opaca de vapor blanquecino, impenetrable a la vista, que
ocultaba lo que fuera que se agazapara tras su velo. Sentado sobre una de las
orillas de la gélida corriente, junto a su barca encallada sobre el barro, ya
había extraído y enterrado la segunda de las semillas del pentáculo. Un
minúsculo tallo se iba ennegreciendo rápidamente en su primer brote sobre
aquella tierra húmeda y fría. Al remover el fango para cubrir la semilla, se
liberó un efluvio extraño: una fragancia herbácea y salvaje que no pertenecía a
los brezales de Skellig. Era el aroma de la lavanda, un rastro de leyendas y
tierras de sol eterno que parecía confirmar cuán lejos se hallaba de su mundo;
pero la fragancia, incapaz de perdurar en aquel aire de tumba, se marchitó tan
pronto como hubo surgido, dejando en sus dedos solo el eco fugaz de una pureza
lejana. Su tallo quebradizo dibujó la silueta de una sonrisa apagada, fingida,
tal vez reflejo de su propia tristeza. Solo quedaba reanudar su marcha hacia el
interior de la cueva que podía divisar enfrente, una vez la nubecilla blanca se
había disipado y dejaba entrever el único sendero transitable en todo aquel
paraje.
Observé que la corriente del río se
hacía lenta, pesada e indecisa, pero seguía su propio curso ininterrumpido.
Rescaté mi embarcación de entre los juncos y proseguí mi viaje a lo largo del
angosto arroyo. El interior de aquella caverna inmensa lo percibí como un
sumidero inquietantemente sombrío, aunque dejaba adivinar dónde quedaban los
muros a los costados y el techo irregular en altura. Su trayecto era sinuoso,
extenuante, y en mi cabeza empezaban a arremolinarse presagios oscuros de que
aquellas aguas no me llevarían a ningún lugar.
Al poco rato apareció una grieta en
medio de la nada, apenas iluminada en su centro por una luz débil procedente de
su brújula plateada; una cavidad aún más oscura que la propia noche, estrecha e
inaccesible. Oí de pronto un bramido entre las rocas, como un lamento lastimero
que busca respuesta desesperada.
Eirik empujó la barca hacia el túnel
donde el río se hundía en las entrañas de la roca. Las paredes de la caverna se
cerraron sobre él, goteando un agua negra que resonaba con ecos metálicos. La
atmósfera, confinada y opresiva, le trajo a la memoria las antiguas canciones
de los escaldos sobre Beowulf. Se imaginó al héroe gauta descendiendo por la
cueva submarina, aquel santuario de horrores donde la madre de Grendel
aguardaba en la oscuridad líquida. Aquella cueva también olía a muerte antigua
y a piedra olvidada.
Pensó también en la temible
Caorthannach, la madre de los demonios, la ogresa que Hel había logrado
desterrar de los acantilados de Skellig hacia el abismo eterno. Si ellas habían
sido vencidas por la voluntad, él no podía permitir que el miedo lo anclara a
la orilla.
Un gruñido triple, profundo como un
terremoto, hizo que las estalactitas vibraran sobre su cabeza. A pocos metros,
apostado sobre un saliente rocoso que obligaba al río a estrecharse, se alzaba
Cerbero. El guardián de Hades era una masa de músculos tensos y pelaje erizado
que exhalaba un vapor fétido. Sus seis ojos amarillos escudriñaban la negrura,
buscando cualquier rastro de calor o vida.
Eirik sintió que el corazón le
golpeaba las costillas. Remar con fuerza sería inútil; la bestia saltaría antes
de que pudiera dar dos paladas. Dejó el remo con cuidado extremo y llevó la
mano a la marca en su mejilla, donde la runa Sowil parecía latir, y luego tocó
la madera de su barca, invocando la esencia de Hagalaz.
—Hagalaz...
Sowil... —susurró en un galdr apenas audible, un canto rítmico que
buscaba entrelazar el orden del sol con el caos del granizo.
En ese instante, la realidad pareció
combarse. La runa del sol no emitió un brillo cegador, sino que Eirik la
canalizó para refractar la poca luz que quedaba, mientras Hagalaz condensaba la
humedad de la caverna a su alrededor. Poco a poco, una neblina blanca y densa,
gélida como el corazón de un glaciar, empezó a brotar de los costados de la
barca. De la propia madera y del aire frío surgió un efluvio extraño, una
fragancia cítrica cortante fundida con el aroma del enebro que chocaba contra
el hedor a azufre de la bestia. Era un aroma noble, seco, que parecía crear una
burbuja de pureza alrededor de la embarcación.
Cerbero agachó las tres cabezas,
olfateando con violencia. La cabeza central pasó a escasos centímetros de donde
Eirik contenía el aliento, pero el guardián solo percibió el frío inerte de una
nube de paso y el olor a bosque helado que la magia desprendía. La bestia,
desconcertada por el cambio súbito de temperatura y la pérdida del rastro,
lanzó un ladrido frustrado que sacudió los muros, pero permaneció en su roca,
vigilando una corriente que ahora parecía vacía.
La barca, envuelta en su velo de
niebla rúnica, se deslizó en absoluto silencio por debajo del saliente, dejando
atrás al monstruo y adentrándose más profundamente en la oscuridad del Hades. El
rugido del agua creció hasta convertirse en un grito sordo cuando la grieta,
hasta entonces apenas visible, se rasgó ante él. El río, liberado de su
prisión, engulló la barca con una furia implacable y la arrastró hacia las
fauces de la oscuridad. Tras de sí, el portal se selló con un estruendo,
dejando atrás un silencio tan profundo que parecía haber borrado su existencia.
Dentro de la cueva, un eco de lamentos
se enroscó en la mente de Eirik: quejidos y susurros de dolor que le pesaban
como un manto de tristeza y extenuación. Mientras la corriente se aquietaba,
una hilera de álamos negros emergió de la roca viva, escoltando el paso de la
barca como centinelas de mármol y sombra; de sus ramas desnudas se desprendió
una lluvia de hojas plateadas que, al impactar contra el agua y la madera, produjo un restallar quebradizo,
como el de mil pergaminos antiguos resquebrajándose al unísono. Ese crujido
gélido selló el aire a su paso, advirtiendo del peligro latente que aguardaba
en el corazón del Tártaro. La barca, ahora un espectro sobre aguas invisibles,
chocaba contra las paredes sin fin de la caverna, hasta que, de repente,
encalló.
Abrí los ojos, desorientado, y me
encontré en un lugar que desafiaba toda comprensión. El fragor se había ido
calmando paulatinamente hasta quedar solo un silbido lejano, constante y
debilitado, como una cuerda de lira desafinada que va dejando de vibrar y solo
permanecen, debilitados, los estertores de su eco perdido tras las grietas de
los muros.
Al fondo de la sala, una figura
inmensa, como si hubiese sido tallada en mármol, emergía de las sombras. Su
postura era de una pesadez inamovible, con los hombros encorvados hacia
adelante y el cuello hundido en una masa compacta, sugiriendo la potencia de
una criatura que embiste incluso en la quietud. Su rostro, un espejo del horror
del inframundo, concentraba toda su furia en unas pupilas casi horizontales,
pétreas pero ardientes, que lo escrutaban. El ser exigía, sin palabras, una
explicación por su audacia, por su intrusión en el corazón más recóndito del
Tártaro. La figura no giraba; observaba con una visión que parecía abarcar todo
el espacio a su alrededor, una vigilancia tensa que nacía de una estructura
física diseñada para la resistencia y la defensa territorial.
—Un vástago de la estirpe de Crono jamás permite una
intromisión humana en nuestro sacro santuario más allá del tiempo que necesita
una de las fauces de Cerbero en devorar a un mortal —la voz resonó repentinamente con crudeza y crueldad.
Brotó sin aviso, con el estruendo gutural de un balido oscuro y seco, como si
las columnas mismas hubieran hallado su propia garganta para soltar un alarido
primigenio, extraído de una criatura encerrada y olvidada en el tiempo.
—¿Quién sois? —preguntó Eirik,
visiblemente desconcertado.
Pero seguidamente, ante la
estupefacción de Eirik, la respuesta le llegó en un tono transformado por
completo:
—¿Alguien dejó algo para mí? —pregunto Eirik sin entender. Los muros temblaron de repente y, en la distancia, un potente y cegador haz de luz penetró a través de una rendija inmensa que se abría paso con audacia entre las sombras del abismo.
—La que antaño fue la dorada lira de Orfeo —prosiguió inmutable sin contestar—
os acompañará desde hoy hasta el fin de vuestro viaje. Tañedla
siempre con equilibrio y sensatez, y podréis proseguir adelante en vuestro
sinuoso camino. ¡Huid! Y, por vuestro propio bien, ¡no miréis tras de vos!
En ese instante, aquella divinidad,
envuelta en un halo luminoso, me tendió un instrumento que el tiempo parecía
haber transformado: un arpa de madera oscura, polvorienta y enmohecida, que,
sin embargo, me pareció que refulgía como si lo hubieran bruñido con brea. La
silueta de Hagalaz, mi eterna compañera, cincelada con precisión en uno de los
costados del insólito instrumento, comenzó a brillar con una intensidad que me
dejó ciego por un momento. Al cogerla, sentí que el peso de los siglos se
hundía en mis brazos. Sin ser consciente de ello, el roce de mi mano con el
cordaje despertó un murmullo que no nació del aire, sino de la propia madera.
Aquella vibración, profunda como el hielo al quebrarse, recorrió mis dedos
hasta anclarse en mi pecho junto a la triqueta, que latía con impaciencia. En
ese instante, el arpa dejó de ser un peso muerto en mis brazos para convertirse
en una parte de mi propio aliento.
Al recobrar la visión, nublada
todavía por aquel destello, y tras cesar el eco de la nota invisible, Eirik
descubrió que la imponente figura del dios se había desvanecido. En el último
instante de su disolución, mientras la luz de la runa aún hería las sombras, un
pliegue de oscuridad cayó sobre su cuenca izquierda, a modo de guiño cómplice,
aunque extraño, ocultando esa mitad del rostro regio en un gesto fugaz de vacío
que fue lo último en fundirse con la nada.
El paraje regresó a una
penumbra densa, quebrada apenas por un rayo de luz ya apaciguado que permitía
distinguir el curso inquieto del Estigia perdiéndose entre brumas. Los latidos
de su brújula, constantes y rítmicos, lo impelían a avanzar hacia aquel lugar
donde el agua dejaba de ser río para ser abismo.
_CRÓNICAS de Mi Historia:
- I. OBERTURA: Me llamo Eirik
- II. EXORDIO: "MYTHOS", Sinfonía de un Alma Errante
- III. RESONANCIA: Mi Historia y el Secreto de las Sombras
- IV. PRELUDIO: Muercimiento de Eirik
- Capítulo 1: Eirik y el Secreto de Avalon
- Capítulo 2: Hallazgo en Atlantis
- Capítulo 3: En las Sombras del Hades
- Capítulo 4: Eirik Viaja al Niflheim
- Capítulo 5: El Aliento Helado de Yule
- Capítulo 6: Regreso a Mabon
- Capítulo 7: Eirik y el Misterio de las Sirenas
- Capítulo 8: El Espejo del Lago de las Sombras
- Capítulo 9: Finale


