6. Regreso a Mabon

 

"En tiempos muy remotos —relataban los escaldos—, cuando el sol apenas asomaba su rostro entre las brumas que poblaban estas tierras, se cuenta una leyenda de la diosa Hel, soberana de los fríos abismos de Niflheim, en los confines del norte del universo. Con mano firme y corazón de hielo, desterró a los demonios que en aquellas tierras gélidas habitaban, y se dice que estos, en su desesperada huida, hallaron su fin en las aguas del Mar del Norte y el Ártico, donde el invierno, cruel y despiadado, los abrazó con su helada mortaja.

"Mas, oh, ¡cuán errónea fue aquella creencia! Porque, tras el paso de los años, se reveló que muchos de aquellos seres oscuros habían sobrevivido a las embravecidas olas y hallaron refugio en las costas de la verde Irlanda, ínclita esmeralda de los mares occidentales, donde el sol, aunque tímido, ya se atrevía a brillar. Allí, lejos de la luz, se ocultaron en la negrura de unos acantilados inexpugnables, abismos de piedra donde el mar devora la realidad y el aire se torna pesado como el plomo. En aquel refugio de sombras, aguardaban el momento propicio para asomar entre los árboles viejos de los bosques y detrás de las peñas antiguas, sembrando el terror en los corazones de los mortales.

"Pero llegó el día en que un valeroso guerrero defensor de la fe de aquellas tierras se enfrentó a la ogresa, nueva reina de aquellos demonios, la temida Caorthannach. Tras una lucha titánica, donde el bien y el mal danzaron en un duelo mortal, el eco de su victoria resonó entre los pueblos del norte, desterrando al monstruo hacia tierras ignotas. Mas tal noticia, que en realidad revelaba que la bestia aún estaba viva, llegó de vuelta a los oídos de Hel.

"La diosa, airada y decidida, emprendió su camino al encuentro de la ogresa, cruzando cerros escarpados e infinitos fiordos hacia el ancho mar, deseosa de cerciorarse del final definitivo de aquella criatura terrible. Y es que todos los oráculos hablaban de un inminente regreso de los demonios a las tierras inhóspitas del norte. Mas Hel, azote de los glaciares, se puso en marcha en mitad del gélido invierno de los mares del norte y, al poco tiempo, tras la llegada a su destino, sin más dudarlo, se internó entre las lomas nevadas de aquella isla extranjera. Allí, entre los tejos cubiertos de escarcha, encontró a Caorthannach, quien, envuelta en su aura fétida y veneno, aún infundía el pánico.

"Con fuerza descomunal, la diosa nórdica, en un arrebato salvaje, enganchó a la temida ogresa por el cuello y la cargó sobre sus poderosas espaldas y, con la furia encendida en sus ojos, la arrastró sin piedad hacia el mar. Por entonces, el mundo entero parecía haber caído en un sueño de cristal; la nieve cubría toda la tierra bajo un manto perpetuo y la superficie del océano se había transformado en una vasta extensión congelada, un manto de hielo de varios metros de espesor que silenciaba el rugir de las olas. Sin titubear ante aquel desierto blanco, Hel afiló la uña de su dedo índice en su propia mejilla, descarnada y rugosa, y con ella cavó una profunda grieta en la helada superficie. Por esa sima recién abierta, lanzó a la ogresa, quedando esta sepultada al instante, sin esperanza de escapar.

"Atemorizadas por la brutalidad exhibida por la diosa, el séquito de criaturas infames que la acompañaba rompió filas en una desesperada estampida. Huyeron sin mirar atrás, sus siluetas desdibujándose en la lejanía, hasta ocultarse en los rincones más apartados y sombríos del continente, jurando en su huida no volver jamás.

"Cuando aún estaba con vida, la ogresa, que se había aferrado con sus garras a los bordes de las placas de hielo de la superficie marina, luchaba por mantener sus puños fuera del agua, intentando encontrar un apoyo, encaramarse y poder liberarse. Pero, por fortuna, bien pronto llegó ese año la tibieza de la primavera para derretir las capas heladas del mar, y nunca más pudo salir de allí, por lo que terminó viendo sus últimos días observando cómo su cuerpo se convertía en piedra.

"Desde las costas cercanas de la gran isla de Irlanda se pueden contemplar todavía dos islotes solitarios a la luz débil del sol en los días plácidos del tibio verano. Mas hay quien dice que, cuando llega el equinoccio de otoño, al ocultarse el sol en el horizonte, poco a poco se empieza a hundir la superficie del mar en una marea baja repentina y voraz. Y entonces, en medio de aquellas dos rocas, que se asemejan a dos puños gigantes emergiendo del abismo, aparece una tercera, de mayor tamaño, semejante a la cabeza de una criatura descomunal con las fauces abiertas en un rictus de horror.

"Aquellos incautos que tuvieron la desdicha de presenciar este prodigio de cerca, tristemente, ya no pueden contarlo. Quienes, desde la lejanía, han podido contemplar la transformación, aseguran que el agua del mar a su alrededor formaba increíbles espirales que se escurrían, en giros interminables, hacia el interior de aquella grieta insaciable, arrastrando y devorando toda embarcación que navegaba en sus cercanías. Y es en ese instante, cuando el silencio del crepúsculo se quiebra, que la propia piedra emite un rugido imposible: un lamento gutural, profundo y agónico, que parece brotar de las entrañas mismas del mundo. No es el canto de una Banshee, sino el crujir de una memoria que se niega a morir; un gemido cargado de una angustia tan gélida que hiela el alma de quien lo escucha, prometiendo una desolación sin retorno. Esa es la razón por la que los habitantes de aquellas latitudes, sabedores de tales desdichas, se cuidan mucho de acercarse a las misteriosas islas cuando se aproximan esas fechas fatídicas.”

La antigua leyenda, narrada por sus mayores en los gélidos días de invierno junto al calor de la lumbre, había irrumpido de pronto en la memoria de Eirik. Como inmerso en una profunda ensoñación, se vio a sí mismo de pie sobre un acantilado, frente a un mar plateado. Sus pupilas se negaban a dar crédito a lo que veían. Allí estaba, en aquel preciso instante, observando atónito los dos islotes de aquel lugar legendario y maldito que tan vívidamente describían los cuentos oscuros de su infancia. A un costado y al otro, las islas Skellig.

—¿Es esto un sueño o la magia de Yule me ha devuelto al mundo real? —se preguntó.

Resultaba inabarcable para la mente, mas el hechizo de aquella noche lo había anclado, por fin, a lo que, con reticencia, llamaba realidad. Había perdido la cuenta de su deriva: un viaje sinuoso a través de un limbo donde el tiempo se dilataba y contraía, una prisión de meses o quizás centurias de la que no albergaba esperanza de escapar. Pero la rueda del tiempo, tejedora impasible del destino, parecía haber girado hacia atrás para lanzarlo de nuevo al corazón del otoño, al equinoccio de Mabon.

Toda aquella masa informe de maleza en el bosque de su memoria lastimada se había disipado. Sus recuerdos, antes estancados, comenzaron a correr atropelladamente como impetuosas corrientes subterráneas; cascadas y meandros infinitos donde las imágenes tropezaban en su desesperado intento por emerger y buscar la luz del sol.

El hechizo de Yule no había sido un simple ruego al destino, sino una llave que ahora, al fin, encontraba su cerrojo. La magia, acumulada en el silencio de los meses, me había devuelto la vida y el sentido de la misma en un solo giro. Había forzado la rueda, rompiendo la inercia del flujo natural para lanzarme hacia atrás. En cuestión de milésimas de segundo, o al menos eso me pareció, desanduve cada paso perdido hasta recuperar mi estado habitual, aquel que poseía antes del desdichado ataque en el mar. Me sentía aturdido, incapaz de procesar la magnitud de lo que estaba ocurriendo en mis propios sentidos.

Había despertado al mundo de la realidad; podía sentirlo en la densidad del aire que llenaba mis pulmones. Observé con una curiosidad casi dolorosa cuanto me rodeaba. Para mi sorpresa, el sol del equinoccio bañaba las peñas y las copas altas del bosque de aquella tierra. La niebla se había desvanecido, permitiéndome contemplar —por primera vez en años— aquel paraje de ensueño. Era tan bello, tan solitario y tan extraño, que el desaliento comenzó a filtrarse en mí.

En aquel silencio diáfano, un zumbido agudo se coló en mis oídos; un eco sordo, casi imperceptible, que vibraba en la misma roca bajo mis pies, como si el propio suelo sollozara un lamento antiguo que lograba filtrarse desde el fondo del mar. Yo percibía el latir de la tierra no como un fenómeno de la naturaleza, sino como la respiración misma de una verdad latente que no se deja ver con los sentidos. Era una frecuencia pura, un sentimiento de estupor reverencial por lo invisible, por aquello que nadie se detiene a mirar y que, sin embargo, constituye el motor inmóvil del universo.

En ese instante, comprendí que existen certezas que no habitan en la memoria, sino en la esencia; una forma de amor universal que permanece incólume bajo el peso de los tiempos, invulnerable al olvido o al miedo. Aquella vibración, que trepaba por mis talones como un pulso ancestral, me recordaba que, más allá del devenir y de las sombras que pretenden ocultar el origen, hay un núcleo sagrado que late con una persistencia inquebrantable, una nota que ni la más profunda de las grietas podría jamás silenciar. Pero, de repente, ese mismo eco sordo se sintió demasiado familiar. Un escalofrío recorrió mi columna, transformando la calidez del pulso en un roce gélido.

"¿Y si es otro engaño?", pensé.

Temió que aquel latido no fuera una revelación, sino un escenario más en la lista de lugares errantes que nunca resultaban ser el destino que buscaba con tanto empeño. En su pecho se alzó de pronto una desazón tan voraz que lo hizo temblar. Sintió que su corazón dejaba escapar un latido insonoro, inerte, sincronizado ahora con un gemido que ya no parecía sagrado, sino un lamento que viajaba desde las fauces de la piedra hacia el centro mismo de su ser. Una tristeza repentina le recorrió el rostro, y sus labios se curvaban en una mueca de absoluto desamparo.

En medio de aquel pesar indescriptible, extraje mi última semilla de manzana. La puse en la palma de mi mano y la observé fijamente, desesperanzado, sintiendo cómo el brillo que había encendido mis pupilas momentos antes se extinguía sin remedio. La veía allí: pequeña, insignificante frente a la inmensidad de un posible fracaso. Me pregunté entonces cuántas veces había intentado lo imposible, tratando de hacer brotar un árbol de la nada solo para confirmar si, por fin, me encontraba en la isla de mi amada. ¿Cómo podría conseguirlo? Aquel paraje que se extendía ante mis ojos no se parecía en nada al lugar de mis sueños. No se oía la música alegre que siempre flotaba a lo lejos en mis visitas, ni percibía el aroma de los álamos blancos cuyas ramas, desde lo alto, serpenteaban al viento cantando su propia melodía. ¡Cómo añoraba el sabor a manzana de sus labios, siempre dulces, y el tacto de sus dedos en mi cuello mientras me besaba!

Las lágrimas nublaron mi vista, emborronando el paisaje hasta convertirlo en un entramado de bruma similar al que guardaba tallado en la memoria. Extrañaba aquella densa capa de niebla que cubría la ensenada, esa que solo permitía adivinar una pequeña porción de tierra y me obligaba a imaginar qué secretos se ocultaban tras ella. Fue en ese instante cuando los vi de nuevo en mi mente: una hilera de alcatraces rasgando el sudario gris con su vuelo firme, planeando sobre los riscos invisibles como heraldos de una tierra que creía reconocer. Esa imagen me llevó de inmediato hasta el puerto de mis deseos, aquel que tanto anhelaba encontrar. Y allí, como dictado por una ley sagrada, siempre ocurría el milagro: ella emergía entre aquellas cortinas transparentes que descansaban a ras del suelo, acercándose con la solemnidad de una diosa de Asgard o una reina del Sidhe —esa soberana mítica de las colinas ocultas—, poseedora de una belleza tan indescriptible que me hacía delirar.

La ensenada que él recordaba estaba poblada por bosques de álamos blancos semiocultos junto a un arroyo de aguas cristalinas, que nunca llegó a ver, solo a oír; y peñas repletas de manzanos en flor, cuya fragancia impregnaba cada rincón de un aire celestial. Y era al romper el alba del día siguiente cuando él partía en su drakkar camino de vuelta a casa tras un abrazo largo de amor a su amada, lleno de intenciones y promesas; mas, al girarse para mirar por última vez aquel lugar mágico, ocurría siempre: toda la isla parecía desvanecerse de repente, envuelta por completo en una masa blanquecina impenetrable, iluminada en su parte superior por los rayos incipientes del sol, que ya despertaba y asomaba su cabeza en el horizonte.

Cuando sus pensamientos se marcharon y su mente volvió a suspirar ante la desazón de la realidad, se dio cuenta de que ya la semilla del pentáculo no estaba en su mano. Se había escurrido entre sus dedos, desapareciendo entre las piedras y la hierba seca. Sin ser apenas consciente de ello, continuó absorto en su propio desconsuelo, mientras miraba y escuchaba el mar a sus espaldas, desalentado. En su melancólica ensoñación le pareció por un momento que, desde lo lejos, en altamar, llegaban voces veladas cantando dulcemente alguna melodía que le traía más recuerdos de sus visitas. Voces celestiales que intentaban transmitirle algo que no alcanzaba a adivinar. Aquellas olas, aquella brisa y el color del atardecer al posarse el sol sobre el horizonte, dorando sin prisas las copas de los bosques lejanos: todo aquello le resultaba familiar.

La sombra de Eirik se alargaba lentamente sobre la arena cuando vio cómo una silueta se deslizaba, subiendo por encima de la sombra proyectada por su cabeza en un movimiento sinuoso. Al girarse, allí, justo detrás de él, el tallo de un manzano se erguía hacia el cielo; en su parte superior, desplegándose ante sus ojos, brotaban ramitas con hojas ovaladas que brillaban con los últimos rayos de sol. No podía dar crédito; su corazón empezó a golpear su pecho sin tregua. ¡Esa era la isla! El vello de su cuello se erizó hasta hacerle palidecer y tambalearse junto al árbol. ¡La última semilla había encontrado su camino y le revelaba que, por fin, se hallaba en el lugar que había perseguido durante toda su odisea!

En un arrebato, dejó caer cuanto llevaba consigo y, con desesperación, salió a recorrer la isla en busca de su amada. No se detuvo hasta dar con aquella ensenada, oculta tras una de las peñas: su lugar sagrado. Allí, se hundió en la arena a llorar conmovido, casi sin aliento por la impresión.

—¡Iria! fue el grito que inundó el silencio, haciendo temblar el suelo y el bosque entero.

Al comprender que su nombre no se había borrado de su memoria, lanzó un clamor que se elevó hacia el cielo. Por un instante, el sonido pareció desvanecerse, solo para que, al momento siguiente, un coro de voces le devolviera el eco desde altamar:

“Desde el negro firmamento,

sobre el blanco de los álamos

tiñe la lluvia el silencio;

su gemido dice así: 

‘Yo he aguardado

tanto tiempo tu regreso,

hasta que vengas,

a que vuelvas a mí.’"

 

El eco se extinguió lentamente, dejando tras de sí una quietud absoluta. Eirik permaneció inmóvil, con la frente apoyada en la arena fría, escuchando únicamente el rítmico ir y venir de la marea que lamía la orilla. El tiempo pareció detenerse en ese espacio entre el canto y la realidad, hasta que el peso de la soledad le obligó a abrir los ojos.

Yo ya había experimentado las vicisitudes de mi largo caminar en incontables ocasiones y, finalmente, había entendido que en este, mi pequeño mundo incierto, la alegría nunca duraba mucho tiempo: siempre acababa inundada por una desgracia acechante e invasora que, al momento, lo ensombrecía todo y me empujaba de nuevo hacia el abismo. Aquellas voces eran dulces, pero portadoras de amargas nuevas; me anunciaron lo que nunca antes había esperado hallar. Mi amada Iria —se me nublaba la razón entonces, como se me nubla ahora al recordar su rostro y su nombre— ya no estaba en aquella isla. Me lo decía el corazón y me lo confirmaba la intuición. Entendí que aquellas palabras de las Sea-fey encerraban mi propio infortunio.

“Pero una luz desde el cielo

ahora desciende hasta el mar azul,

dibujando en su orilla

símbolos de arena y sal…”

 

Caminé junto a los restos de mi propio naufragio, que aún flotaban junto a la orilla, recordándome mi desdicha pasada. Fue entonces cuando distinguí, trazado en la arena, un círculo de símbolos junto a las olas. Y justo en el centro, había un objeto que brillaba herido por el sol. Al acercarme, reconocí, extrañado, mi propio pendiente, semienterrado en la arena salada; no entendí bien cómo había podido llegar hasta allí desde altamar.

El fulgor de aquella pieza de bronce derramaba un rubor cálido sobre el metal, como si acabaran de posarla en el suelo hacía unos instantes. Pero no quise tomarla en mis manos aún. En la arena, aquellas runas, trazadas por algún dedo invisible, formaban la rueda solar con solo cuatro símbolos: sabía que me estaban revelando todo lo que había ocurrido durante mi ausencia. Miré instintivamente hacia el cielo en busca de alguna señal de un dios, alguna cifra oculta tras el velo de las nubes, pero no hallé nada en ellos. En mi interpretación de la elección y disposición de las runas en su círculo de arena, solo pude leer que debía actuar con presteza y voluntad propia para no malograr su objetivo, lo cual ocurriría con la misma inexorabilidad con la que las olas, al avanzar implacables, borraban a su paso el mensaje trazado en la orilla.

Pero ahora su cabeza funcionaba rápida, sin límites, con todo su potencial mental recuperado. Los escasos segundos que duró la visión de aquel mensaje, antes de que las olas reclamaran su tributo y disolvieran el rastro, fueron más que suficientes para Eirik. Hasta el momento, sus movimientos habían sido trazados por otras fuerzas, dejándose arrastrar a la deriva de los deseos ajenos. Pero comprendió que era él quien tenía que tomar la iniciativa y actuar en adelante.

Las Sea-fey volvieron a entonar su dulce canto para confirmarle lo que había sucedido y lo que estaba por suceder. 

“En el reino oculto de los infiernos 

donde habitan nuestras oscuras hermanas, 

tras rejas y cerrojos, hallarás cautiva

la razón del latir de tu corazón…” 

 

Parecía que solo el latir de las olas, en su vaivén incesante, permanecía con vida dentro del área gobernada por el tiempo. Tras haber devorado la forma terrenal de las runas sin dejar rastro, la marea confirmó una verdad universal: la materia es perecedera, pero la esencia, inmutable.

Entonces agarré el pendiente y di un paso atrás, extasiado: el sol se negaba a rendirse, proyectando sobre la orilla la silueta persistente de Iria. Su cuerpo físico había sido arrebatado, pero ella dejaba tras de sí una impronta indeleble bajo el agua. Allí donde el círculo había desaparecido, la figura de Yeadhr, sobre la huella que había dejado el pendiente, emergía como el único vestigio incorruptible, fijada bajo la estela de su amada, incólume ante los embates del océano como si perteneciera a otro universo.

“El mar puede desvanecer cuanto es tangible, arrastrando a su abismo lo efímero. Sus olas borrarán el trazo fugaz de un dedo en la arena, mas no tiene el océano poder sobre lo incorpóreo. Pues la sombra no es sino el alma revelada por la luz; una silueta invicta que el sol de un verano boreal dibuja sobre el fondo. Allí, el agua se vuelve un cristal transparente, una caricia vana que fluye sobre la forma sin llegar a impregnarla. El tiempo y las mareas seguirán su curso, pero esa figura, nacida de un sol que nunca se pone, habita una orilla donde ningún naufragio puede ya alcanzarla.

“Comprendí entonces que aquella coreografía de revelaciones no era un azar: el rastro en la arena me dio el mensaje y el metal de Yeadhr, al encender mi sangre, me devolvió por fin la visión de lo que el abismo me había arrebatado”

(Anotaciones de Eirik, crepúsculo de Mabon, Skellig)


Sobre la palma de su mano, latía con la intensidad de una exhalación el pendiente rúnico. Yeadhr había dejado de ser bronce para destilar un profundo lapislázuli; un azul abisal que, en lugar de reflejar la superficie celeste, parecía absorber la luz hacia el fondo de un océano primordial.

Mientras la arena quedaba despejada —liberada ya de la presencia material del círculo, cuyas runas habían sido absorbidas por la esencia misma del lugar—, los bordes del metal comenzaron a cubrirse de una escarcha plateada hasta cobrar un fulgor gélido entre sus dedos. Aquel frío, más punzante que el acero, parecía congelar el tiempo mismo. Enfrente, sobre el manto rugoso de la orilla, un fino hilo de vapor blanquecino se desprendía de entre los minúsculos cantos húmedos, elevándose y girando sobre sí mismo hasta cristalizarse en una nube errante sobre la marea.

Conmovido ante aquella visión, Eirik vio cómo, entre las hebras de aquel velo transparente, aparecían, poco a poco, siluetas que cobraban vida. Al observarlas, su mente percibió una frecuencia pura. Comprendió que el pendiente era la llave de una senda sumergida que exhalaba la densidad de las profundidades, señalando el abismo como el único lugar donde su búsqueda podía continuar. Y entonces, con el corazón sobrecogido, lo comprendió todo.




  
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